El Sueño – Fin

Por sumiso servus

  • Mira, es muy sencillo. Ya te han enseñado el sótano, donde está la lavandería. En la planta baja está el salón, la cocina y un cuarto de baño. – dijo encendiendo con un interruptor la luz en un salón-comedor muy grande.

Como arquitecto y amante de la decoración no pude evitar fijarme en los detalles. La casa estaba repleta de muebles rústicos de estilo antiguo que le daban un aire hogareño y cálido a la casa. El salón mostraba unos bonitos cortinajes y el papel de la pared con estampados conjuntaba muy bien con la gran chimenea que ocupaba un lado de la habitación. 

  • Ahora que hace frío ponemos la chimenea a veces aunque ya te habrás percatado que tenemos calefacción central. Tendrás que estar listo por si la encendemos y limpiar las cenizas después.
  • Sí, Señora.
  • Mañana te daremos todos tus enseres de limpieza. Ahora vamos a la planta superior.

Subiendo las escalera me quedé hipnotizado viendo el movimiento del trasero perfecto de Ama Rebeca. Ese día vino directamente del trabajo que sería seguramente de oficina ya que llevaba una blusa blanca con transparencias y un traje azul marino con una falda de tubo que le quedaba de escándalo. Había rematado el conjunto con unos zapatos de tacón alto que me volvían loco. Tuvo que darse cuenta de mi embeleso ya que al subir a la planta de arriba se giró y riéndose me soltó un: “Anda no mires tanto…”. Pero yo no podía evitarlo, tenía mi libido al máximo.

La planta superior consistía en un dormitorio grande donde dormían ellas, un dormitorio pequeño para “invitados de verdad” (según sus propias palabras) y un despacho donde había una mesa de oficina con un ordenador portátil y estanterías con toda clase de libros. Un cuarto de baño de tamaño considerable completaba la planta. Me llamó la atención la bañera de estilo antiguo que ocupa el centro del cuarto, de un blanco resplandeciente. En toda la casa se respiraba feminidad.

Para acabar, la planta de la buhardilla había sido acondicionado como un pequeño gimnasio con una cinta para correr, una bicicleta elíptica, una bicicleta estática y algunas pesas. Las maquinas daban directamente a unas grandes ventanas desde las que se divisaba un parque cercano. Estaba claro que las vistas eran magníficas. 

La última habitación fue la que más llamó mi atención. El estudio de Ama Paula ocupaba la segunda mitad de la buhardilla de altos techos. Era una habitación completamente hecha de madera que apenas poseía muebles a parte de un armario que contenía pinturas y un espacio junto a las ventanas ocupado por un caballete y un pequeño taburete, exactamente igual a los que ahora ocupaban mi antiguo estudio. Al entrar en aquella habitación me pareció sentir la energía de su propietaria.

  • Bueno, aquí no entres si no te da permiso expreso. Ya ves que no está cerrada pero no creo que le haga mucha gracia verte por aquí dando vueltas…aunque estés limpiando.

Me tuve que quedar un poco confuso porque Ama Rebeca, que con tacones era más alta que yo, me tomó por el mentón con sus preciosos dedos con manicura roja y me hizo mirarla a los ojos.

  • Te habrás dado cuenta que Paula es más dura ¿no? Bueno, somos diferentes, yo soy mayor y me lo tomo todo con más calma aunque no creas que voy a ser blanda contigo.
  • No, Señora, lo entiendo.
  • Tienes una gran oportunidad entre las manos. Eres el primer sumiso que entra aquí desde hace mucho tiempo y no debes desperdiciarla. Te recomiendo que tengas mucho cuidado con Paula. Con el tiempo descubrirás que es muy amante de los castigos corporales ¿eres masoquista? Sé sincero.

Esa pregunta me descolocó. Al fin y al cabo parecía que no sabían tanto de mí como pensaba.

  • La verdad es que no, Señora.
  • Bueno, pues tendrás que aguantar. No va a ser todo coser y cantar. Seguro que puedes soportar unos latigazos…

En ese momento tragué saliva. A pesar de todo no había contado con aquella posibilidad pero pensé que si me aplicaba y lo hacía todo bien no me iba a ocurrir nada.

Después de terminar el tour por la casa me llevó hasta su despacho y me ordenó que me sentara en el suelo frente a Ella. Aquí es donde se notó un poco más su lado humano que tenía a diferencia de su pareja ya que comenzó a hacerme preguntas y acabamos hablando sobre mí. Le conté mi nula experiencia, mis expectativas y mi total entrega a Ellas. Parece que esto le gustó porque pareció muy satisfecha. Me comentó que Ellas era, en efecto, pareja y que se conocían desde hacía unos pocos años pero habían congeniado tan bien que se habían ido a vivir juntas a una casa heredada por Ella. En principio ambas eran lesbianas aunque tenían algunos escarceos heterosexuales permitidos dentro de su relación abierta. “Un cunnilingus de un sumiso no cuenta. Sois como…como objetos sexuales.”

Quería que me sintiera a gusto, al fin y al cabo todo aquello lo hacía por mi voluntad. Me dijo que si tenía algún comentario antes de que empezara mi trabajo allí aquel era el momento para hacerla.

  • Me ha parecido un poco raro que Ama Paula me haya quitado el móvil y las llaves.

Por un momento me pareció ver por primera vez una chispa de rabia en la mirada de Ama Rebeca pero ésta desapareció por una de sus maravillosas sonrisas.

  • Verás, Servus, lo del móvil es para que no te hartes a hacer fotos de nuestra ropa interior u otros. Y respecto a lo de las llaves…¿crees que dejamos a cualquiera entrar en nuestra casa así como así?¿Y si fueras un ladrón?
  • Entiendo, Señora.

¿Cómo iba a escapar con mi botín de aquella casi sin ropa? Por no hablar del control remoto que llevaba en mi pene…

  • Como ya te hemos dicho anteriormente: déjate llevar y no pienses. Ese no es tu cometido, nosotras ya lo haremos por ti. Tú concéntrate en servirnos a la perfección. Y si no lo haces atente a las consecuencias… – No había alterado ni un ápice su sonrisa con aquella amenaza.

Tras unos instantes comenzó a subirse la falda mostrando su desnudez, no llevaba ropa interior. En ese momento tiró de la cadena hacia Ella.

  • Vamos, métete aquí dentro. Puede que pases mucho tiempo debajo de la mesa. – dijo juguetona.

Sintiendo cierto estrangulamiento me dejé hacer y a cuatro patas terminé acuclillado bajo la mesa del estudio, totalmente oculto, entre sus piernas y notando en mis mejillas sus ardientes muslos. La conversación había terminado en sexo…para Ella…porque mi miembro enjaulado parecía que iba a reventar. Empecé a satisfacerla lo mejor que pude, aparentemente nuestra conversación la había excitado de sobre manera y todo abajo estaba ya húmedo. Al rato noté como su respiración se aceleraba y apretaba con fuerza mi cabeza entre sus piernas. En algunos momentos me sentí desfallecer pues aunque la mesa del despacho era grande, aquel era poco espacio para una persona como yo y apenas podía respirar embriagado por sus olores. Con cada intento mío por tomar aire Ella parecía insistir más y más. Cuando más concentrado estaba noté un cosquilleo en mi miembro que empezó a aumentar hasta volverse regular ¡Había activado el modo masaje de aquel trasto infernal! No sé si lo hizo para darme algún tipo de placer a cambio pero aquello lo único que hizo fue que mi miembro intentara con más insistencia crecer infructuosamente dentro de su jaula y me llegó a producir tantas molestias que se me escapaba algún gruñido entre sorbo y chupeteo ¿También la excitaba a Ella verme sufrir o acaso era la sensación de control? Posiblemente ambas cosas.ç

Para cuando paró yo ya había perdido la erección y, mientras se bajaba la falda y me indicaba que bajara a la cocina, pude respirar exhausto y bañado en sudor y flujos. Aquello había sido muy intenso, mucho más de lo que esperaba.

Una vez me hube aseado un poco con un poco de rollo de papel de la cocina volvió a aparecer en escena Ama Paula.

  • Nos vamos a duchar ¿Por qué no nos preparas un par de ensaladas? Tienes todo lo que necesitas en la nevera y en estos cajones. – dijo señalando un mueble – Cenamos aquí en la cocina. Cuando termines déjalo todo sobre la mesa y puedes retirarte por hoy.
  • Perdone, Ama Paula…

Ama Paula que ya se había dado la vuelta, se giró y me dirigió una mirada de enfado.

  • Por esta vez pase pero ni se te ocurra volver a hablar si no se te ha preguntado antes. Este fin de semana eres un muebles más y tienes que pasar desapercibido ¿Has entendido?
  • Sí, Señora.
  • Venga ¿Qué quieres?
  • Tengo algo de hambre ¿Puedo prepararme cena para mí también?

Ama Paula soltó una carcajada malévola como nunca había oído en mujer alguna y dándose la vuelta continuó su camino hacia la escalera de la planta superior. Estaba claro que aquella noche iba a ayunar.

Tras preparar las ensaladas lo mejor que pude, puse la mesa y apagué la luz de la sala. Crucé el pasillo haciendo el mínimo ruido y comencé a bajar las escaleras. Una vez en el que sería mi cuarto aproveché para lavarme un poco la cara y el pelo. Allí no había ventanas pero por unos pequeños tragaluces superiores que estaban a ras de suelo pude comprobar que era de noche.

Me quedé tumbado boca arriba en el camastro comprobando con satisfacción que no era tan incómodo como creía aunque como pensaba, aquella noche me iba a costar pegar ojo por la excitación y por el nuevo cinturón de castidad. Decidí tomar un poco de agua del grifo y dormir hasta el día siguiente boca arriba que sería la mejor postura. 

Me asaltaban muchas dudas ahora que había entrado en la casa y estaba conociendo realmente a las que podrían ser mis dueñas. Estaba conociendo una faceta sádica que me aterraba a priori y empezaba a dudar si sería capaz de aguantar los castigos corporales que amenazaban con aplicar. Pero sin duda no me rendiría tan pronto ante un pequeño inconveniente. Quería salir de allí el domingo con la cabeza bien alta (o baja) como sumiso.

Ya con la luz apagada estaba medio dormido en el camastro cuando vi por el rabillo del ojo como se encendía la luz de la escalera y unos pasos de alguien en zapatillas de andar por casa se acercaban a mí. Al encender la luz de mi celda me giré hacia el lado medio dormido para descubrir a Ama Rebeca en un saltó de cama negro con ribetes rojos, muy sexy. La lencería resaltaba sus abundantes pechos que parecían estallar. Se puso un dedo en los labios indicándome silencio y se acercó. Recogió algo del suelo bajo el camastro y pronto noté el frío del metal de una argolla que se cerraba en mi tobillo izquierdo.

  • Es para sentirnos seguras, sabes…no queremos que haya ninguna sorpresa. Imagínate que te da por subir arriba por la noche. No lo podemos permitir. Anda, duérmete que mañana tendrás trabajo. – dijo acariciando mi cara.

Al quedarme a oscuras y oír como se alejaban sus pasos subiendo la escalera comprendí que me había dejado atrapar y sentí miedo: estaba realmente en poder de aquellas Mujeres.

FIN

Capítulo 1

Quiero agradecer a sumiso servus este magnífico relato…

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El Sueño VII

Por sumiso servus

Por fin me encontraba en la puerta de la casa de ladrillos rojos con la tarjeta que días antes me había entregado Ama Rebeca. Aquella tenía que ser la casa donde vivían.

Me puse firme, respiré profundamente y pulsé el telefonillo de entrada. Mi reloj de pulsera marcaba las seis en punto de la tarde. En unos segundos la puerta exterior se abrió de forma remota y entré en los terrenos. Seguramente me habían visto por la cámara, no había habido ni pregunta ni respuesta.

Una vez dentro cerré la puerta exterior y contemplé por unos instantes los alrededores. Una cerca de unos dos metros y medio, también de ladrillo rojo, cercaba un espacio ajardinado con un par de árboles en las esquinas, algunos arbusto y césped. Justo en el centro se encontraba una coqueta casa de dos plantas y buhardilla. Seguramente también tuviera sótano.

Aunque la planta no era muy grande, si que parecía poder albergar al menos tres habitaciones. El edificio era, como ya he comentado, de estilo inglés, rematado en un tejado a dos aguas algo pronunciado. Dos chimeneas aparecían a los lados aportando una apariencia de simetría. La casa tenía además un gran frontón central no muy lujoso y unas ventanas de grandes dimensiones, verticales, que estaban cubiertas por cortinas de época que apenas dejaban adivinar el interior.

Con paso firme me acerqué a la puerta principal pisando el camino de grava y produciendo el característico ruido de piedrecitas esparciéndose. En cuanto llegué a la puerta esperé pacientemente, no había timbre y no pensaba tocar la aldaba. Quería ser lo más discreto posible.

Pasados unos instantes se abrió el portalón y una voz femenina me indicó que entrara. Al cerrarse la puerta tras de mí vi a Ama Paula que en un chandal de marca de color rosa echaba el pestillo principal.

  • Bien, has sido puntual. – dijo echándome un vistazo – ¿Qué es eso que llevas? – Señaló una pequeña mochila que llevaba a la espalda.
  • Perdone, Señora. Sólo son mis llaves, la cartera y el móvil.

En ese momento ella sonrió de forma enigmática e movió el dedo índice negando.

  • Vamos, quítate la ropa y métela dentro de tu mochila.

La obedecí al instante y mientras me quitaba el atuendo casual que llevaba de pantalones chinos marrones y camisa a cuadros observé la entrada de la casa que no tenía nada de particular. A la izquierda había una escalera que subía directamente a las plantas superiores mientras que a la derecha había un recibidor y un pasillo que llevaba hasta un comedor que se veía al fondo. Algunos reproducciones de maestros impresionistas colgaban de las paredes.

Una vez hube metido toda mi ropa en la mochila Ama Paula me la arrancó de las manos.

  • Esto te lo devolveremos el domingo por la tarde. Nada de móvil ni distracciones en casa.

Yo me quedé un poco conmocionado por esto pero acerté a comentar que también había traído el cuaderno rojo que me había regalado Ama Rebeca. Rebuscando en la mochila a regañadientes lo sacó junto con un bolígrafo y lo colocó encima de la escalera para a continuación darse la vuelta y avanzar por el pasillo hasta la puerta de un armario donde depósito mi mochila y cerró con una de las llaves que le colgaban del cuello. Al volver se quedó ante mí plantada y sonriendo tomó mi cabeza  tirando hacia abajo me dio a entender que me arrodillara, cosa que hice al instante.

  • Así está mejor. – dijo al ver que ahora era Ella la que me miraba con superioridad desde arriba – Vamos, saluda como es debido.

Sin dudarlo me incliné y besé sus zapatillas blancas de deporte.

  • Espera aquí un momento, ahora mismo vengo.

Me quedé de rodillas mirando a la moqueta verde que cubría toda la planta de la casa, en la entrada. Al poco volvió y sentí, sin atreverme a levantar la cabeza, como me ataba un collar al cuello. A continuación enganchó una correa metálica de eslabones y me ordenó levantarme.

  • Primero te voy a enseñar la habitación de invitados. – dijo jocosamente

Al pasar por delante de un espejo, a medida que avanzábamos por el pasillo, me vi reflejado en un espejo y vi que me había colocado un sencillo collar negra sin placa. Después fui informado de que sería mi collar de prueba durante el fin de semana. Llegamos a otra puerta y comenzamos a bajar unas escaleras. Aquí y en todo el sótano que apareció las paredes mostraban los ladrillos, no tenían ni decoración ni mucho menos el papel pintado que adornaban la planta baja. El sótano se dividía en dos habitaciones sin puertas y varios armarios empotrados. Ama Paula me mostró la habitación de la derecha que era la lavandería: una lavadora, secadora, tabla de planchado y cuerdas para secar la ropa. A la izquierda se encontraba la que sería mi habitación durante el fin de semana.

Decir que la habitación era espartana sería decir poco pero al final resultó no estar tan ma: una especie de celda sin barrotes. En una esquina había un plato de ducha sencillo pero con agua fría y caliente, cerrado por una cortina. Junto a él y sin separación con el resto de la celda había un lavamanos y una taza del wáter. Por último, una sencilla cama individual de 90 cm. Sin sábanas pero con una manta recia sobre el colchón. Es verdad que en el sótano la calefacción era más débil que en el resto de la casa pero esperaba no pasar frío.

  • ¿Qué? ¿Te gusta tu habitación?
  • Gracias, Señora. Es muy bonita.
  • Seguro… – dijo sin creerme – El paraíso de un esclavo fetichista. – Me pregunté si ella creía que yo era justamente eso…

La verdad es que me sorprendió el sótano, no sé por qué esperaba una especie de mazmorra con la típica cruz de San Andrés…malditas fantasías fetichistas…aquello era un sótano “casi normal”. Tras quitarme la correa me dejó en la habitación un instante y volvió del pasillo con la típica pastilla de jabón en la mano.

  • Ahora voy a quitarte el cinturón de castidad y quiero que te limpies tu “micropolla” bien con esto. Sécate con esa toalla.

¡El cinturón de castidad! Con toda la excitación de la llegada a la casa y el miedo de meter la pata casi ni me acordaba de aquel artilugio que me había tenido en vela toda la semana y que me mantenía hiperexcitado en castidad.

Tras haberme liberado y bajo su atenta mirada entré en la ducha y me limpié a conciencia. Antes de ir a la casa ya me había duchado pero es verdad que con el cinturón no podía limpiarme del todo mis partes pudientes. Fue un placer sentir el agua templada pero tuve cuidado de no tardar mucho para no impacientarla. Ya no tenía reloj así que allí abajo no sabría que hora era.

  • Venga, ven aquí. – dijo señalando el suelo justo antes de ella.

Pronto iba a averiguar que deseaba más de mí. 

  • Rebeca es una amante de la tecnología y los trastos tecnológicos – dijo mientras me rociaba con el spray que me atontaba el miembro y sacaba unos electrodos que me colocaba a ambos lados de mi ya flácido pene.

De estos electrodos salían dos fuertes cables de color violeta que a su vez pasaban perfectamente por la funda de un nuevo cinturón de castidad que me colocó. Una vez estuve encerrado de nuevo y con los cables saliendo de la parte trasera de la funda, sacó de una bolsa una especie de cinturón negro con una caja negra que me ató a la cintura y, que conectó a los cables. Para terminar, me puso un candado pequeño que cerró con una de las llaves de su colgante.

  • Te estarás preguntando qué son todos estos aparatos…bueno, tú preocúpate que no se te caigan y no te lo quites ni para dormir…es resistente al agua, no te preocupes…al principio te parecerá un poco incómodo pero te acostumbrarás…todos los hacen. – dijo mientras me pillaba mirando mi nuevo cinturón de castidad.
  • Vamos, no te quedes mirando como un tonto ¿Ves? – dijo sacando el móvil y enseñándome una aplicación también de color violeta – Esto servirá para que nosotras te corrijamos cada vez que te equivoques, es la mar de útil y al final seguro que lo disfrutas.

Con el tiempo sabría que se trataba de un juguete diabólico llamado Lover-2000 consistente en un aparato que proporciona leves vibraciones o descargas a distancia, controlado por una aplicación móvil. Un juguete caro que se podía convertir en una herramienta útil en manos de la domadora adecuada.

  • Espera que quiero probarlo – dijo pulsando unos botones y terminando por mirarme a los ojos.

En ese momento recibí una descarga que me hizo ver las estrellas y contrayéndome, puse automáticamente mis manos sobre el cinturón de castidad. Recibí un tortazo que me aturdió, empecé a conocer el verdadero lado sádico de Ama Paula, si es que no lo había sentido antes…

  • ¡No te toques!

De un tirón de la correa que me había vuelto a enganchar tiró de mi y me llevó al piso superior hasta la cocina que era espaciosa y bastante moderna. Una mesa grande ocupa el espacio central y sentándose en un taburete me ordenó arrodillarme frente a ella. Fue en ese momento cuando llegó Ama Rebeca y abrazándola por detrás, le dio un pico a Ama Paula.

  • Ya tenemos aquí a nuestro gusanito, por lo que veo. – Volví a sentir orgullo y cariño cuando me revolvió el pelo como a una mascota.
  • Ya lo he dejado listo. Tal y como me pediste. Funciona perfectamente.
  • ¡Qué bien! – dijo Ama Rebeca con una sonrisa – ¿Le has explicado en qué va a consistir el fin de semana?

Aprovecharon ese momento para explicarme en qué consistiría mi rutina aquellos dos días. Me quedaría a dormir con ellas (es un decir) viernes y sábado. El domingo se me evaluaría finalmente y la semana que viene decidirían si he superado o no la prueba. El fin de semana tendría que realizar las tareas de la casa que me fueran ordenando aunque en general consistía en pasar la aspiradora, poner lavadoras, limpiar el polvo e incluso preparar la comida. Mañana me encontraría una lista con todos los quehaceres en la cocina que a partir de ahora sería mi reino.

No puedo evitar pensar que me decepcionó un poco que no se incluyera ninguna actividad de índole sexual en mi desempeño aunque guardaba la esperanza que algo ocurriera antes o después pues mi excitación estaba llegando a niveles altísimos. Sabía que nunca podría tener relaciones con ninguna de mis Amas pero ansiaba poder desahogarme de alguna forma tras cinco días en castidad. Entendedme, cinco días en castidad son muchos días para un “pajillero” acostumbrado a masturbarse a diarios varias veces. Pero mis orgasmos ya no me pertenecían, y eso lo iba a aprender a golpe de fusta. Decidí intentar seguir sus órdenes al pie de la letra y hacerlo lo mejor posible. 

  • Dormirás y te asearás abajo. Sólo entrarás en los dormitorios y cuartos de bajo de arriba para limpiar y ordenar, y cuidado, tenemos cámaras. No quiero que curiosees. – dijo Ama Paula mirando de reojo.
  • Tranquila Paula, seguro que lo hace muy bien ¿Verdad, gusano?
  • Sí, Ama.  – dije mirando al suelo
  • Así me gusta – dijo Ama Rebeca – Tienes que demostrarnos de qué pasta estás hecho. Ahora te vienes conmigo que voy a enseñarte el resto de la casa para que no te pierdas mañana ji, ji, ji. Vas a tener un día muuuuuuuy ajetreado. – Terminó guiñándome un ojo y dándome un leve tirón de la correa mientras todavía me estaba incorporando.

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

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El Sueño VI

Por sumiso servus

Jueves 30 de enero de 2020

Como todos los días cumplo con los deseos de mis dueñas y me dispongo a escribir una entrada en el diario. Es casi medianoche y Ama Paula ya se ha marchado, sólo espero que esté complacida con mis progresos. Hoy quiero contar más en profundidad el día de hoy, espero que no les moleste.

A primera hora de la mañana recibí como instrucciones en el grupo de WhatsApp que dejara las llaves de repuesto de mi apartamento al conserje de la entrada ya que podría recibir una visita. He intentado seguir mi rutina pero no puedo negar que la excitación por esta sorpresa no me ha dejado concentrarme en todo el día. 

Al llegar la tarde me he sentido molesto por el retraso que me ha ocasionado un encargo de última hora, forzándome a quedarme más tarde de lo habitual. Yo quería marcharme ese día antes carcomido por la excitación de mi miembro enjaulado y por las expectativas de la visita.

He llegado a eso de las siete a mi edificio y nada más cruzar el portal me he percatado de la mirada traviesa del conserje mientras me informaba de que mi visita había llegado hacía una escasa media hora.

Al entrar por la puerta de mi apartamento con mi chaqueta y el maletín en la mano me quedé esperando en el recibidor, como si ya no fuera más que un invitado. Sabía que quien fuera que estuviera allí habría escuchado mi llegada y así fue ya que unos instantes después oía un ruido de un mueble arrastrando, y como unas pisadas desnudas por el pasillo superior bajaban después la escalera de caracol. Me encontré cara a cara con Ama Paula.

Soy una persona detallista y un poco fetichista con la ropa y las formas femeninas así que creo importante describir como vestía mi superior. Pido perdón si me excedo en las descripciones pero al fin y al cabo se me ha pedido una suerte de diario íntimo. Como digo, iba descalza. Vestía unos vaqueros negros ajustados que le hacían un trasero perfecto y muy apetecible, aquel trasero que ya había tenido la suerte de saborear. En la parte de arriba llevaba una sencilla camisa de cuadros rojos más ancha de lo habitual, un poco desabrochada y que de vez en cuando dejaba adivinar los encajes de un delicado sujetador blanco.

Recuerdo perfectamente como Ama Paula puso sus brazos en jarra y me ordenó acompañarla al salón tirándome de una oreja. Una vez allí me ordenó desnudarme completamente y me indicó que besara el empeine de sus pies. Yo sumisamente hice como me ordenó y mientras, postrado, besaba sus juveniles pies, me aclaró que éste era el modo en que me tenía que comportar cada vez que estuviera en su presencia: desnudarme y besar sus pies o zapatos como signo de sumisión. Yo asentí.

Tras esta presentación me puso en mitad de la sala y comenzó a dar vueltas entorno a mí. Yo miraba al suelo, como debía ser y no pude captar sus gestos cada vez que se paraba y tocaba mis glúteos, mis brazos o mi pecho. Parecía estar examinando una nueva presa. De repente me ordenó poner las manos atrás y separar las piernas. Sin duda estaba satisfecha con mi reciente depilación y me indicó que tendría que ir a dicha clínica cada dos semanas como mínimo para que me repasaran con cera.

Pronto llegó el turno de mis partes más pudientes y es aquí cuando ocurrió un momento mágico que me hizo estremecer de arriba a abajo, dándome cuenta de cómo un hombre hecho y derecho como yo había caído en las garras de una jovencita que le dominaba como su pequeña marioneta. Con una mano tomó mis testículos, de forma más suave que la vez anterior, mientras que su otra mano levantó mi barbilla e hizo que nuestros ojos se cruzaran en una intensa mirada. Sus caricias en mis frágiles genitales se fueron haciendo más intensas y las molestias derivadas de la jaula de castidad aumentaron. Pronto empezaron a aparecer pequeñas gotas. Llegado un momento las caricias se convirtieron en el tormento de un fuerte apretón y apareció la habitual sonrisa sádica en su rostro. Mis piernas empezaron a flaquear y puede que ella se diera cuenta ya que dejó de pronto de apretar y con mucho erotismo pasó su delicado dedo índice, de uña larga y manicura perfecta, por la abertura de mi jaula, recogiendo una pequeña gota de líquido preseminal que acabó en su lengua. Aquella escena de poder, humillación y sumisión se me ha quedado grabada para el resto de mi vida. Ama Paula me dijo que aquellas eran mis “lágrimas de macho” y que iba a cerciorarse de poder llenar una taza con ellas durante mi adiestramiento. Aquello me dejó un poco atemorizado pues no soy lo que se dice masoquista, aunque mi miembro parecía decir lo contrario. Satisfecha con su juego me ordenó prepararle un té y llévaselo al que era mi estudio.

Al llegar al estudio con la bandeja en mis manos pude ver como había vuelto a colocar su caballete y pintaba en su lienzo con colores oscuros. Seguramente era una vista de la gran avenida que observaba a través del gran ventanal. Me fascinó el uso de los colores y su gran maestría artística. Las luces de neón de los comercios, las farolas, los transeúntes, todo formaba un iniverso paralelo que explotaba entre los pigmentos escogidos.

Me indicó que aquella habitación iba a pasar a ser su estudio de pintura cuando ella lo decidiera y que apartara mis cosas en cuanto tuviera oportunidad. Las vistas de la ciudad y la tranquilidad que se respiraba eran ideales. Es más, me exigió mi copia de la llave de la habitación para que sólo ella tuviera acceso. No conozco la causa pero durante esta semana ha ido aumentando mi sensación de sumisión y apenas tardé unos segundos en bajar al piso inferior y ofrecerle la llave que se guardó en el bolsillo de la camisa. Durante su estancia allí y mientras pintaba sorbiendo poco a poco el té caliente, empecé a vaciar todos los muebles de la estancia, llegando incluso a sacar algunos, los cuales me indicó no le harían falta. 

 

Así pasó la tarde. Una vez hube terminado, Ama Paula quiso recompensarme y me ordenó tumbarme boca arriba bajo sus pies que empecé a embadurnar con mi saliva. He de decir que no soy un fetichista de los pies pero su esencia me embriagó y me dediqué en cuerpo y alma en cumplir de la mejor forma con mi cometido. Repasé con mi lenta lengua la planta de sus pies mientras la veía estremecer, gigante, desde mi posición. Exploré con dedicación el espacio entre sus pequeños dedos descubriendo sus recovecos. Terminé pasando mi lengua con devoción por su talón.

Una vez estuvo satisfecha empujó mi cabeza en un movimiento brusco y se levantó comenzando a calzarse. Yo me quedé esperando como un tonto a que me diera la orden de incorporarme aunque el duro suelo fuera haciendo ya de las suyas en mi desnuda espalda. Una vez se puso la chaqueta me echó de mi ex-estudio y cerró la puerta con llave. La acompañé hasta la puerta como un perrito faldero, a cuatro patas, cuando me ordenó levantarme. Desde mi posición la observaba desde arriba y esto pareció no agradarle. A continuación me dio un ligero beso en la mejilla y cerro su intervención propinándome un rodillazo en la entrepierna de tal magnitud que me dejó sin aire y no pude hacer otra cosa que arrodillarme. Con una sonrisa en los labios mi magnífica y sádica dueña me acarició el peló y cerró la puerta tras de sí.

No es mi papel decidir si merecí o no aquel correctivo. Lo acepto con humildad y sólo deseo estar cumpliendo con las expectativas que hay puestas en mí. 

Cansado de escribir cerré el cuaderno rojo y puse la señal de lectura. Mi pene volvía a molestarme ante tan vívidos recuerdos, acciones que apenas habían sucedido hace unas horas pero que antes me hubieran parecido impensables. No sé por qué pero permanecí desnudo, pensé que era mejor para acostumbrarme. A pesar de llevar la jaula de castidad me sentía libre, quizás más libre de lo que lo había sido nunca.

 

<< Por ahora lo estás haciendo bien pero te queda mucho por mejorar. >> Me había dicho Ama Paula. << Tienes que someterte, saber que estás en nuestras manos, dejar de pensar y obedecer ciegamente. >> Su mano me acariciaba lentamente haciendo que el vello de mis antebrazos se erizara.

Me sentía más sumiso que nunca, transportado a un subespacio en el que no existían ya las preocupaciones más allá de servir a dos personas que lo eran todo para mí. Mi vida había dado un vuelco de 180º y todavía no era consciente de ello.

Decidí levantarme y me quedé mirando la puerta cerrada del que fue mi estudio. La ventana se tenía que haber quedado descorrida pues se adivinaba luz de Luna bajo la puerta. Tomé el pomo e intenté entrar, fallando estrepitosamente. Aquella habitación cerrada, aquella puerta tenía un significado más profundo que el haber perdido la propiedad de un espacio de mi casa. Había cedido un espacio de mi vida a unas desconocidas, me había vuelto realmente en su cautivo cediendo mi esfera privada y permitiendo que ellas entraran en un sitio donde me encontraba seguro ¿Había hecho bien? Ya no había marcha atrás, no había lugar para las dudas. Quería implicarme al máximo ya que una vez que se cierra una puerta a lo desconocido es imposible volver.

Me di una ducha fría a pesar de estar en pleno invierno y me limpié como pude mi pene encerrado. Pero el ardor que sentía estaba en mi interior y apenas se calmó con el frío. Pensé en la vista que había desde el ventanal del estudio. Aquella vista ya no me pertenecía, tendría que ceder poco a poco todos los aspectos de mi privacidad y mi voluntad si deseaba convertirme en esclavo. Era un salto cualitativo de ser un pseudosumiso a pertenecer realmente a alguien. No voy a negar que en aquel momento me dio algo de vértigo todo aquello.

Decidí vestirme y salir a la calle a dar un corto paseo para calmarme, a pesar de que el reloj ya marcaba la una y mañana tenía que ir a trabajar. Cuando ya me había cansado de recorrer las oscuras callejas del centro me fijé en una pequeña cafetería que aún seguía abierta a tan intempestivas horas. Pedí un café solo y dejé que el aroma transportado por el humillo alcanzara mi nariz. Fue en ese momento cuando mi móvil volvió a la vida y me sacó del mundo de mis pensamientos.

  • Mañana quiero que estés a las seis de la tarde en el lugar de la tarjeta. Vas a pasar el fin de semana con nosotras pero no hace falta que traigas nada. Ven en transporte público.
  • Sí, Ama Rebeca. – Acerté a decir extasiado.
  • Por ahora te has comportado bien pero es el momento de que lo des todo. Si pasas esta prueba tendrás muchas más posibilidades de pasar a ser de nuestra propiedad.
  • No las decepcionaré.
  • Así lo espero, gusano.

Y tras pagar me dirigí atropelladamente a casa por las calles vacías. Sólo una idea rondaba mi mente: Tenía que estar bien descansado para lo que me fuera a deparar el día de mañana. 

Capítulo 1  

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

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El Sueño V

Por sumiso servus

La pantalla de mi iPad se encendió de pronto. Era la una de la madrugada del jueves. Desbloquee rápidamente el dispositivo y vi que había tenía un mensaje instantáneo de chat:

LadyAlicia: ¡Hola servus! ¿Cómo llevas la castidad?

¿Cómo podía haberse enterado? A pesar de mi turbación decidí contestarle. Necesitaba hablar con alguien.

servus: Saludos Señora. Pues me está costando. Apenas llevo tres días en ella y se me está haciendo la semana muy larga. Se me ha encargado que cada día escriba una especie de diario con mis impresiones. 

Comencé a comentarle a mi estimada tutora y amiga los primeros cambios a los que me enfrentaba. El cinturón de castidad me causaba molestias. No podría decir que me doliera pero cuando tenía erecciones un anillo metálico tiraba inmisericorde de mis testículos y sentía un escozor. Era normal, al pequeño intento de crecimiento de mi pene, éste se encontraba con unas paredes metálicas que se lo impedían. Durante el día podía aguantar si me concentraba en mi trabajo y tareas aunque ya había tenido más de una situación extraña. 

En primer lugar, al salir a la calle, tomar el metro o simplemente en la oficina, comencé a sentir cierta vergüenza y desasosiego. Una sonrisa o una simple mirada de una mujer me hacía pensar que notaban algo extraño en mi entrepierna y que de algún modo conocían mi secreto, cosa que me humillaba. Tener que orinar sentado no era un gran problema para mí, de hecho ya había cogido la costumbre gracias a alguna pareja que había tenido. Pero el roce de la jaula con mis piernas, el goteo preseminal de mi miembro ante escenas cotidianas que antes me habían pasado inadvertidas como mirar fugazmente el canalillo de una mujer, un leve contacto con los pechos de una compañera durante un abrazo o simplemente contemplar las torneadas piernas enfundadas en unas medias y terminadas en zapatos de tacón de una anodina vecina me hacían perder la tranquilidad. Era como si los estímulos sexuales externos hubieran multiplicado su potencia e influencia en mí.

LadyAlicia: No te preocupes. Las primeras semanas se te harán duras pero poco a poco te acostumbrarás. Piensa que es una decisión que han tomado tus dueñas y que ellas son tus superiores y saben qué es lo mejor para ti.

¿Cómo podía negar aquella afirmación? Pero continuando con mis molestias, era por la noche cuando me encontraba más incómodo. Daba vueltas en la cama para encontrar una postura confortable en la que dormir, y lo peor era las imágenes que venían a mi mente, no podía dejar de pensar en mis Amas. Se me representaban perfectas, vestidas como en nuestro último encuentro, en negro y rojo, colores que después averiguaría eran sus colores favoritos. Sólo de imaginármelas besándose o tocándose hacía que volvieran mis molestias. Intentaba frotar mi pene con la jaula ya que no podía tocarme. Me volvía loco. 

Y no eran solo mis imaginaciones. Una vez al día como mínimo tenía como encargo enviarles una foto mía al grupo de WhatsApp en una postura determinada, siempre desnudo y mostrando mi cinturón de castidad. Aquello iba más allá de una mera comprobación, me pedían ponerme a cuatro patas, tumbarme boca arriba en la cama o ir corriendo al primer servicio que encontrara para mostrarles mi pene encerrado. Pero además de sus comentarios humillantes también recibía otro premio que era al mismo tiempo un castigo: una foto de las piernas de Ama Paula, infinitas y excitantes, una foto de las dos en actitud cariñosa o alguna que otra foto insinuante. 

Pensaba en sus labios carnosos, pintados por el carmín. Pensaba en sus lenguas húmedas y calientes, frotándose una con la otra, acariciándose, produciendo un excitante sonido de chupeteo y sorbo que era una delicia. Pensaba en sus dominantes miradas sobre mí, atentas y exigentes. Ya llevaba varios días con una ojeras de caballo.

LadyAlicia: Bueno y aparte de la castidad ¿Has comenzado a servirlas?

servus: El lunes tuve mi primera tarea, señora. Hice de chofer para Ama Rebeca.

Aunque estuve muy nervioso, creo que lo hice bien. La noche del lunes caía una lluvia fría y fue el momento de entrar en acción. Tras ser informado por Ama Rebeca, me presenté a la hora acordada en la dirección que me indicó en una calle pequeña de un barrio céntrico de la ciudad. Llevé mi coche impoluto, brillante. Vestí traje, tal y como me indicó y di mi mejor imagen. A los pocos minutos de llegar se abrió el portal y apareció mi señora con una sonrisa en los labios.

Vestía ropa cómoda y del día a día: pantalones vaqueros desgastados, bailarinas negras, un jersey negro de cuello vuelto y, como abrigo, un impermeable del mismo color. Me llamaron la atención sus bellas uñas, perfectas, también de color negro. 

  • Muy bien, gusano, muy bien. – me dijo llenándome de orgullo – Ahora quiero que me lleves a esta dirección.

Me pasó una tarjeta con el nombre de una calle y un número, y tras ponerlo en el GPS nos dirigimos allí lentamente por la congestionada ciudad. Las luces de los comercios se reflejaban en los grandes charcos que dejaba la lluvia, iluminando una noche oscura como un pozo.

  • ¿Has empezado a escribir en tu diario? Es muy importante.
  • Sí, señora. – dije atreviéndome a mirarla a través del espejo retrovisor. Me deleité al ver que nuestras miradas se encontraron por un instante. La suya era muy penetrante.

Durante el viaje no pude evitar lanzar miradas furtivas y me la encontré en varias ocasiones consultando su móvil, acariciándose la nuca o enrollando su pelo negro en unos pequeños bucles que se deshacían al instante. En aquel momento sentí su delicadeza y fragilidad debajo de toda aquella patina de autoridad y seguridad en si misma. 

Sus labios carnosos y delicados se despegaban a veces para construir una sonrisa de blancos dientes, sus ojos se expandían y contraían mostrando a veces un brillo especial, y esta alegría hacía que se le formaran unas deliciosas arrugas en el rabillo del ojo. Sus negras pestañas infinitas hacían de techo a toda aquella grandiosidad.

Yo soy por naturaleza un poco tímido pero embriagado por la situación me atreví a preguntar.

  • ¿Está todo a su gusto, señora?
  • Sí, todo correcto. Te estás portando bien. – dijo sonriendo – Pero no te creas que todas tus tareas van a ser tan fáciles como llevarnos de un sitio a otro. Tienes que esforzarte.

Aunque tardamos una media hora en llegar a nuestro destino, a mí se me había pasado volando. Paramos frente a una casa unifamiliar de una zona residencial. Era de estilo inglés, de paredes de ladrillo rojo y con un tejado a dos aguas muy pronunciado. En ese momento bajé del coche y le abrí la puerta desde fuera. Entonces cometí un fallo mirándola a la cara por unos segundos pero me corregí rápidamente y aparte mi mirada mirando al suelo.

  • Gracias, gusanito. – dijo sonriendo mientras se acercaba a la puerta de entrada – Conserva la tarjeta de esta dirección puede que otro día tengas que acudir a mi llamada. Ya te puedes ir.
  • No hay por qué darlas, señora. Es un placer. – ¿Empezaba a disfrutar sirviendo a mis Damas?

servus: Ayer y hoy he tenido que hacer algo diferente. No es exactamente una tarea.

LadyAlicia: ¿A qué te refieres?

Desde nuestro chat de WhatsApp había recibido un orden de parte de Ama Paula, acudir a una dirección muy concreta de la ciudad. No me atreví a pedir más explicaciones para no meter la pata. No quería parecer ansioso ni irrespetuoso, ella era más estricta que Ama Rebeca y tenía que tener cuidado para que me aceptara.

A las ocho de la tarde llegué andando hasta el lugar. Se trataba de una clínica de estética de barrio con instalaciones nuevas. Tenía buen aspecto. En un primer momento no entendía nada pero con decisión entré por la puerta haciendo sonar la campanilla. Ni en el mostrador ni en la sala de espera había nadie pero pronto apareció una mujer de unos cincuenta años en bata rosa que me miró con una sonrisa y me invitó a pasar a la trastienda. Tras entrar en una sala con una serie de armarios, una camilla y una mesita me pidió que me desnudara.

  • Pero… – dije sorprendido
  • Vamos, que no tenemos todo el día. Tranquilo, lo sé todo. Tus dueñas quieren que te depile completamente. Tenemos trabajo para rato.

La mujer encendió un aparato que parecía albergar cera mientras que se quedó mirándome brazos en jarro. Con mucha vergüenza comencé a desvestirme. Estaba seguro que si desobedecía a esta señora mis dueñas serían informadas así que hice todo lo que me ordenaba. Tras quitarme toda la ropa, no pude evitar taparme mis genitales, ahora acompañados por el cinturón de castidad. La mujer, de carácter dominante, no dudó en darme un manotazo y comenzar a examinar el cinturón de castidad dando pequeñas palmadas a mis genitales.

  • ¡Qué cosita! – dijo señalando el pequeño tamaño de mi miembro intentando infructuosamente entrar en erección – ¿Te duele? – Realmente parecía tener curiosidad por el aparato.
  • No – dije aguantando vergüenza y molestias.
  • Túmbate en la camilla. Vamos a empezar con las piernas.

Al colocar la cera caliente no era consciente de lo que venía justo después.

– Bueno pues esto si que te va a doler un poco. – dijo pícaramente dando un gran tirón en el trozo de cera y llevándose un buen matojo de mi vello corporal. Vi de reojo como daba un leve suspiro de placer ¿Estaba excitándose con mis muecas de dolor?

Capítulo 1  

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

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