El Sueño IV

Por sumiso servus

  • ¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato? – dijo maliciosa Ama Paula.

A pesar de no haber ninguna fiesta gótica a la vista el bar parecía tener el mismo ambiente misterioso del otro día, oscuro como la boca de un lobo y tenuemente iluminado por unas escasas bombillas de color rojo. Y allí me encontraba yo, recién llegado a la barra del bar y sin saber donde me estaba metiendo…o tal vez sí, pero eso era en dicho momento irrelevante. Lo importante es que había tomado mi decisión. Pensé que cuanto menos hablara mejor me iría, no quería meter la pata a las primeras de cambio.

  • ¿Estamos esperando a Ama Rebeca? – dije dubitativo mientras ella me miraba con atención.

Ama Paula sorbió un poco de la pajita de un extraño coctel de color rojo. Hoy vestía de una forma muy diferente a las otras veces, incluso sexy podría decir. Llevaba un vestido rojo de un material parecido al vinilo y que le quedaba ajustado como un guante. La belleza y dominio de esta veinteañera me ponían nervioso y me excitaban a la vez. 

  • Mmm, ella aún tardará en llegar. Pero será mejor que me acompañes al reservado.

La verdad es que desconocía que aquel bar tuviera reservado y me tuve que fiar de ella. Siguiéndola quedé hipnotizado por el contoneo de caderas y trasero que parecía tan natural en ella. En aquel momento no lo pensé pero ahora me parece que todo estuvo calculado al milímetro para obtener un resultado muy concreto.

En escasos instantes nos encontramos en una pequeña sala con una mesa alta y dos sofás de cuero de imitación a cada lado. Ella se sentó a la izquierda, dejando su bolso a juego a su lado y yo me senté justo enfrente. Estábamos muy cerca y noté pronto como su poderosa mirada me empequeñecía y me hacía bajar los ojos.

  • Antes de que venga Elena quería hablar yo contigo. Quiero saber si realmente lo has entendido todo. Supongo que te habrás dado cuenta de que Rebeca y yo tenemos una relación ¿no?
  • Lo entiendo, señora.
  • Muy bien. Entonces debes entender lo que buscamos: servidumbre, domar a un machito a nuestros gustos…no estamos aquí para cumplir tus fantasías sexuales…quiero que ese punto quede completamente claro. Respecto a lo del otro día…una cosa no quita la otra. Puede que más de una vez te utilicemos para nuestro placer pero lo que serás tú tendrás que vivir en castidad.
  • ¿Castidad?

Ama Paula sonrió cruelmente

  • ¿Realmente creías que ibas a estar todo el día por nuestra casa enseñando esa birria empalmada que llevas entre las piernas? ¿Has estado alguna vez en castidad?
  • La verdad es que no. – dije humildemente
  • Bueno, pues ya es hora de que vayas empezando. – dijo cogiendo el bolso y sacando un cinturón de castidad metálico. – Creo que para empezar este te irá bien.

Se trataba de un modelo sencillo pero personalizado con un aro que se abría y cerraba, llave de combinación de cinco dígitos y una jaula con unas aberturas como tornillos que en ese momento no me supe explicar. Me quedé embobado mirándolo y no supe qué decir.

  • Si has venido significa que sigues con el proceso así que bájate los pantalones inmediatamente y que no tenga que repetirlo…

Con un poco de vergüenza no hice otra cosa que levantarme, desabrocharme el cinturón y los botones del pantalón y quedarme en bóxers delante de ella. Con un movimiento que expresaba impaciencia bajó mi ropa interior y sonrió al ver una erección en ciernes…

  • Ya veo que no lo estás pasando del todo mal…pero no te preocupes, eso tiene arreglo… – dijo volviendo a sonreír.

Rebuscó unos instantes en su bolso y sacó un pequeño spray con el que roció mi miembro rápidamente y sin darme tiempo a reaccionar. A los pocos segundos comencé a dejar de notar mi pene y vi sorprendido como iba relajándose hasta quedarse en su mínima expresión, apenas unos centímetros.

  • Esto es otra cosa  – dijo poniéndose a colocarme la jaula de castidad – ¡Manos atrás!

Yo cumplí religiosamente la orden y en un santiamén Ama Paula me había encerrado por primera vez en mi existencia. Sólo después tomaría conciencia de que había perdido el control de mis orgasmos y de que esto propiciaba que hora tras hora, día tras día, me volviera más sumiso.

  • Venga, a vestirse. Siéntate.

Tras sentarme comenzó la verdadera charla.

  • Durante tu periodo de entrenamiento permanecerás en castidad todo el tiempo que nosotras digamos. Cada falta, cada metedura de pata no sólo acarreara un castigo físico sino un aumento de tu periodo de castidad. Te aseguro que dentro de poco preferirás recibir cinco latigazos a permanecer una semana más en castidad ¿Has entendido?
  • Sí, señora.
  • Obedécenos siempre – dijo duramente mientras volvía a mirarme a los ojos y se recostaba más relajada – No te voy a mentir, yo al principio me oponía a tu adiestramiento, espero que no sea un mero capricho de Rebeca.

Ama Paula pareció darse cuenta de mi confusión y decidió cambiar de tema.

  • Yendo al grano…creo que ya es hora de que sepas en que va a consistir tu entrenamiento. Durante las siguientes cuatro semanas contactaremos por WhatsApp y telefónicamente. Deberás estar disponible en todo momento y obedecer sin rechistar. Tómatelo como un periodo de prueba. Alguna vez tendrás que venir a nuestra casa a servirnos, quizás quedarte un fin de semana. Otras veces seremos nosotras las que te hagamos una visita.
  • Entiendo, señora. Haré como ustedes digan.
  • Más te vale… – dijo duramente – Mira, Rebeca no es muy amante de los castigos corporales pero a mi no hay nada que me repugne más que un macho insolente y espero que tú no seas de ese tipo porque si no vas a sufrir mucho.

Tragué saliva y negué con la cabeza rápidamente.

  • Probaremos tus límites y tu compromiso. Si pasas este periodo de prueba tendrás la suerte de entrar a nuestro servicio.

¿Mis límites? Como ya había pensado anteriormente, todo parecía indicar que conocían mis gustos y preferencias. Me aterraba que desearan llegar más allá pero al mismo tiempo deseaba dejarme llevar.

En ese momento apareció Ama Rebeca, deslumbrante como siempre, con unos sencillos pero sexys pantalones negros de pitillo y una blusa escotada negra a juego. A diferencia de Ama Paula, parecía contenta de verme sentada en aquel sofá.

  • Vaya ¿A quién tenemos aquí? ¿Cómo está mi gusanito?

Aquella muestra espontánea de cariño me dejó un poco turbado y me sentí especial. Ama Rebeca se sentó junto a Ama Paula dándole un beso con lengua. Mi miembro comenzó a sufrir tras liberarse poco a poco del entumecimiento.

  • Vamos, saluda como debes a tus amas. – dijo Ama Rebeca

Sin saber qué hacer, decidí innovar y levantándome tembloroso del sofá me deslicé bajo la mesa y besé los pies de mis dos bellas superiores.

  • No está nada mal, gusano, nada mal. – dijo Ama Rebeca riendo – Pero vuelve arriba que tenemos que seguir hablando ¿Ya le has contado como empezara?
  • Faltan los detalles, cariño. Estábamos hablando de la castidad.- dijo Ama Paula
  • Ah, la castidad masculina – dijo riendo Ama Rebeca

Ama Paula volvió a tomar el mando de la conversación y me indicó que llevaría el cinturón de castidad una semana para empezar. Sólo ellas dos conocerían la combinación que lo abría y únicamente me liberarían el domingo que viene si había cumplido satisfactoriamente todas mis tareas.

  • Y esta será tu primera tarea – dijo Ama Rebeca entregándome un bello cuaderno rojo de tapa dura con una pluma a juego – Deberás escribir un diario de cómo te sientes cada día que sigas en castidad a nuestras órdenes, y nos lo entregarás el domingo por la mañana.
  • Si todo va bien, el mismo domingo te enviaremos unas coordenadas a un grupo de WhatsApp que hemos creado para tu doma. Espero que no te importe que ya te hayamos invitado… – dijo pícara Ama Paula.
  • Gracias, Señora. Me esforzaré. – dije convencido.
  • Tendrás que hacer más que eso. Lo queremos todo de ti.

En ese momento comencé a notar un roce suave de un pie con mi enjaulada entrepierna. Una molestia pareció subir por mi estómago: quería tener una erección y no podía.

  • Vamos Rebeca, no seas mala, ja, ja, ja.
  • Aunque esa cosita se quede encerrada no significa que no vayamos a jugar contigo. Pero no te ilusiones, esperamos de ti que realices las tareas de la casa como limpiar, lavar la ropa o planchar. Por cierto ¿qué tal se te da? – dijo Ama Rebeca sin parar de acariciarme.
  • No sé, señora. Supongo que bien… – dije aguantando las molestias – estoy acostumbrado…
  • En un santiamén te convertiremos en nuestro sirviente doméstico ¿No deseas ser útil para las mujeres?

Asentí mordiéndome los labios mientras ellas respondían con una carcajada. Y así fue como comencé la primera semana de mi nueva vida en manos de mis captoras.

Capítulo 1  

Capítulo 2

Capítulo 3

 

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El Sueño III

Por sumiso servus

Había pasado otro rato cuando decidieron volver para liberar mis pies y llevarme a la sala de estar. Sentado en el sofá de cuero negro no me atrevía a mirarlas a la cara e intentaba centrarme en mantener cerradas las piernas no fuera que a mi pene le diera por volver a ponerse enhiesto ante tanta humillación.

  • Joan, levanta la mirada. – Me dijo la mujer madura… – ¿O he de llamarte sumiso servus? – preguntó sonriendo.

En ese momento si que me quedé helado ¿Cómo conocían mi nick Femdom? Pero no pude evitar obedecer y contemplar a las dos extrañas. La chica joven había terminado por ponerse un pantalón gris oscuro de pijama, la mujer al mando se mostraba más excitante y arrebatadora. Llevaba un vestido negro con encajes que terminaba en una falda de tubo. Sus curvas se marcaban bajo el vestido y su pronunciado pecho, aunque cubierto, llamaba toda mi atención. Sus piernas firmes, curtidas a golpe de gimnasio eran de admirar y no podía resistirme a quedarme embobado mirando sus pies enfundados en tan deliciosos zapatos que mostraban unos dedos pintados del mismo color rojo pasión que las manos. Su rostro era casi tan angelical como el de la chica joven y tengo que decir que la superaba en belleza. El rojo carmesí de sus labios era atrayente y sus ojos verdes se clavaban en mí como la noche anterior, rodeados por unas infinitas pestañas que marearían a cualquier admirador.

  • Vamos, cierra la boca que se te cae la baba. – dijo la chica joven algo molesta. Mi entrepierna me había vuelto a delatar. 

La mujer madura volvió a sonreír.

  • Bueno, vamos al grano. Te habrás llevado una sorpresa esta mañana. Hoy te has despertado con dos amas, como por arte de magia.
  • Eeeh…no sé qué decir – dije tontamente.
  • ¿Quién te ha dado permiso para hablar? – Tragué saliva – Como iba diciendo, a partir de hoy tendrás el honor de servirnos como esclavo durante un periodo de prueba. Si lo pasas podrás convertirte en nuestra propiedad de forma permanente, si fallas…
  • Pero que quede una cosa clara, cerdo – dijo la chica joven mirándome amenazadoramente – Nunca le pondrás las manos encima a Rebeca ¿Has entendido?
  • Para ti, gusano, Ama Rebeca y Ama Paula.
  • ¿Gusano? Me gusta ese nombre – dijo la chica más joven riendo.

En ese momento Ama Rebeca se giró hacia su compañera y acariciándola en el mentón le dio un apasionado beso con lengua que me sorprendió. Iba a ser el esclavo de una pareja de mujeres. Se me tuvo que notar la sorpresa…

  • No pongas esa cara, gusano. Vas a tener el gran privilegio de servir a dos damas sin sexo de por medio. Es la forma de dominación más pura.
  • Bueno, sin sexo que no sea oral… – dijo Ama Paula con una risita.
  • ¿Y cómo se le da el tema? – dijo la otra dama. Parecía que yo no me encontrara en la sala.
  • Pues no está mal pero tiene que mejorar muchísimo.
  • Comprenderás la gran oportunidad que te damos…lo de hoy sólo ha sido un jueguecito para divertirnos. Y ya vemos que te ha gustado también. – dijo señalando mi entrepierna.
  • Por supuesto, tú te ocuparás de los gastos durante tu periodo de adiestramiento y tendrás que ir cambiando poco a poco aspectos de tu vida cotidiana que no nos gustan un pelo.

¿Aquellas mujeres me habían estado siguiendo? Estaba claro que me conocían muy bien mientras que para mí ellas eran unas totales desconocidas.

  • No podemos decirte por qué has sido seleccionado pero puedes sentirte afortunado por ello. Esto no es una fantasía ni una película porno. Trabajarás duramente y nos servirás con toda tu alma. A cambio de nuestra felicidad y bienestar te recompensaremos con humillación y control. Y de vez en cuando te castigaremos cuando haya que corregirte.
  • Como hombre nunca serás nada más que un animal, un objeto o un juguete en nuestras manos. No tendrás ni voz ni voto y poco a poco iremos dominando cada aspecto de tu vida.
  • Suena muy fuerte la primera vez que se oye…  – dijo Ama Rebeca mirándome seriamente – Pero esta es tu oportunidad, no te daremos otra.

Aquello me sonó serio y definitivo ¿Podría dar el gran paso y perder la vida que me había construido tras tantos años? Sentía vértigo.

  • Pero vuelvo a decir, esto es el mundo real y será una decisión tuya si te sometes a nosotras o no. Olvida todas esas fantasías de dominación forzada 24/7 – dijo Ama Rebeca levantándose y acercándome unas tijeras sobre la mesa. – Si no aceptas comenzaremos de nuevo la búsqueda. Seamos serios, sabemos que ésta no es una decisión que se pueda tomar a la ligera. Tómate tu tiempo y si te decides a dar el gran paso preséntate en el mismo local en el que nos conocimos el sábado que viene, sobre las 11. Estaremos en la barra. Si no acudes interpretaremos que no aceptas el acuerdo.

Ama Paula se despidió de mí con una caricia tal y como se haría con una mascota, mientras que Ama Rebeca dejó en mi mejilla la marca empresa de sus ardientes labios y me dijo al oído.

  • Piénsalo bien, servus.

Aquella semana se me hizo eterna. Por las noches no podía pegar ojo y esto hacía que en el trabajo me encontrara nervioso y taciturno, simplemente no podía concentrarme. Situaciones cotidianas como oír unos tacones repiqueteando en el suelo pulido, atisbar una leve muestra del sujetador de una compañera o ver a mi atractiva jefa dando órdenes a un subordinado, me excitaban. En el estudio de arquitectura mis compañeros de trabajo notaron mi extraña conducta pero no supieron a qué achacarla. Incluso una atractiva compañera que nunca había hecho caso a mis insinuaciones dejó caer que quizás me había enamorado y me estaban dando plantón. 

Yo por mi parte me sentía nervioso ante lo que me había ocurrido aquel fin de semana. Si no hubiera sido por las marcas que aún tenía en mis muñecas tras los varios intentos por cortar la brida que me habían impuesto mis captoras, hubiera pensado que todo había sido producto de mi imaginación. No podía evitar llegar a casa tras el arduo día de trabajo y con la cara invadida por un calor extraño como de fiebre, encender el ordenador del estudio y masturbarme frenéticamente ante imágenes de dominación femenina. Pero al terminar me daba cuenta que al contrario que en otras ocasiones aquello ya no me llenaba, me quedaba insatisfecho.

Por aquel entonces aún llevaba un blog a modo de diario anónimo en Internet. Utilizaba también mi pseudónimo “servus” para hacerme cuentas en otros espacios de la red como Fetlife, Twitter o Facebook. Aunque había tenido algún contacto con sumisos y amas en chats y foros, nunca había estado cerca de la dominación real, ni si quiera virtual. Vale, había jugado con algunas ex durante mi juventud pero en la pareja vainilla siempre habían sido eso, juegos. La relación siempre se acababa debido a mi insatisfacción. Buscaba algo más y en las redes sociales llevaba años fracasando debido a miedos e inseguridades. Y no quiero dejar tampoco atrás aspectos como el engaño y la falta de confianza que destilaban algunas supuestas dominatrices que en más de una ocasión habían intentado chantajearme. Abrí mi blog “La jaula de servus” y harto de tocarme me dispuse a escribir una entrada anómala en la ristra de publicaciones deprimentes de mi vida diaria. Era corta y concisa, como un comentario:

>>Hoy es viernes y voy a tomar una decisión que puede que lo cambie todo. Como sabéis llevo años buscando una oportunidad para servir a una mujer y por fin se me ha presentado. Pero esto implicaría dar un salto al vacío para el que no me veo preparado, me da vértigo sólo pensarlo. No estamos hablando de dominación virtual ni de sumisión, me estoy refiriendo en convertirme en el esclavo de una pareja de mujeres. Mañana es el día en el que tengo que someterme y comenzar un nuevo camino, y todavía tengo dudas ¿Puedo fiarme de unas extrañas?<<

Apagué el ordenador justo antes de irme a cenar y aunque seguía pensando en ello, por increíble que parezca casi me había decantado por la vía fácil: no me veía con coraje para perseguir mis sueños. Tal vez no fuera capaz de resistir el entrenamiento ¿Y si no me eligieran una vez lo hubiera dado todo y hubiera modificado mi vida hasta tal punto que no hubiera marcha atrás? Es verdad que no tenía apenas familia ni amigos con los que tuviera contacto diario pero estaba seguro que el experimento se acabaría notando en mi círculo más íntimo. Por no hablar de lo peligroso que podía ser ponerme en manos de unas desconocidas. Realmente ya había estado sometido bajo su yugo pero todo podía ser parte de un maquiavélico plan para aprovecharse de mí de una u otra forma, saliendo como de costumbre escaldado. Aquella semana se me había hecho muy larga y decidí consultar con la almohada la decisión.

Casi en la frontera del sueño, en el duermevela de medianoche, la pantalla iluminada del iPad llamó mi atención: me habían dejado un comentario en el blog. Esto no era una cosa que ocurriera todos los días, por triste que parezca, y decidí incorporarme y leer el mensaje. Para mi sorpresa, el comentario se había hecho en mi última entrada y procedía de una persona muy querida: Lady Alicia. 

Lady Alicia era una buena ciberamiga que conocía desde hacía muchos años. Allá por mis comienzos en los foros de dominación femenina, había participado intensamente en una web ya extinta llamada Círculo BDSM. Entre las amistades que había hecho allí se encontraba esta gran dama que había pasado a ser con el tiempo, una especie de tutora en el mundo Femdom para mí. Fue la distancia lo que hizo que nuestra relación no pasara a mayores ya que ella vivía al otro lado del charco y no estaba interesada en dominación virtual. Hacia mucho tiempo que no hablábamos y me sorprendió agradablemente leer un mensaje suyo. Tras las típicas frases de enhorabuena por mi humilde blog, pasó a la cuestión que nos interesa:

>>También te quiero dar la enhorabuena por haber sido elegido por estas damas. Sabes que no es por casualidad y que no tendrás oportunidad igual. Creo que nos conocemos lo suficiente para que sepas mi opinión. Puede que no estés preparado para ser un buen esclavo pero tienes actitud y educación. Sométete, obedece todas las órdenes que te den lo mejor que puedas y acepta los castigos con humildad. Acalla ese machito que todos los hombres lleváis dentro y ríndete ante el poder de la mujer. Seguro que te irá muy bien.<<

Un beso

Lady Alicia

Aquella noche no pegué ojo. Tenía que tomar una de las decisiones más importantes de mi vida.

Capítulo 1

Capítulo 2

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El Sueño II

Por Sumiso Servus

Abrí los ojos y poco a poco vi desconcertado donde me encontraba, sentado sobre un cojín en un mueble de un rincón. Seguía allí, en el pub oscuro pero ahora una puerta que daba a la calle estaba abierta de par en par colándose una infinidad de luz blanca que me indicaba el comienzo del día. Notaba mi boca pegajosa, el cuerpo dolorido y me entró pánico al darme cuenta que me había quedado dormido en un lugar extraño rodeado de gente desconocida. Uno de los encargados del local comenzaba a barrer el suelo y los pocos rezagados que quedaban abandonaban el lugar. 

Haciendo lo propio me levanté, tomé mi chaqueta gris y tras enfundarme en mi sobretodo negro salí a la calle expulsando vaho blanco cada vez que respiraba nervioso. Con una mano cerraba insistentemente el cuello del abrigo y avanzaba con rapidez sobre el resbaladizo suelo helado de la ciudad. A primera vista no me habían robado, lo tenía todo conmigo. 

Callejeando por el centro alcancé las puertas del gran edificio donde vivía, un piso de dos plantas en el ático reformado en una de las más conocidas de las avenidas de la ciudad, una herencia familiar. Mi situación económica como arquitecto era holgada pero seguramente no me hubiera podido permitir tan lujosa vivienda.

Subiendo en el ascensor hasta el último piso pude respirar por primera vez. Todo había sido un sueño, quizás una pesadilla. La noche anterior había bebido demasiado. No tenía que darle más vueltas.

Con inseguridad introduje la llave en la cerradura y me tranquilicé al entrar en la vivienda. Todo estaba en su sitio y olía a limpio. La tenue luz del sol invernal se colaba entre las cortinas grises a juego con el resto de mobiliario nórdico de diseño. Decidí darme una ducha. El calor del agua caliente me sentó bien y cuando salí con el albornoz puesto me dirigí a mi dormitorio. Aquí es donde me di cuenta de que algo no encajaba. Las sábanas blancas de mi gran cama estaban revueltas. Con las manos las toqué y las noté frías. Estaba seguro de haber hecho la cama el día anterior. Rebuscando entre ellas noté un objeto extraño y tras sacarlo a la luz mi sorpresa fue mayúscula al identificarlo como un strap-on formado por un enorme dildo de color carne con correajes de cuero.

La cabeza me daba vueltas cuando oí un ruido en la planta superior que me heló la sangre y confirmó mis sospechas.

Con decisión comencé a subir las escaleras de caracol, asido a la barandilla, escalón a escalón. La sorpresa y el miedo me habían impedido pensar en tomar algún objeto contundente. Cuando llegué arriba giré la esquina y avancé por el pasillo hasta la habitación de la que parecían provenir los ruidos.

Fue entonces cuando me quedé paralizado ante la escena que presenciaba, mi cerebro tardó unos segundos en atar cabos. Allí se encontraba la chica bajita de la discoteca. Vestía únicamente un top gris que no le tapaba el vientre y unas bragas impolutas de color blanco. Con la calefacción central no hacía falta nada más. En sus ojos no se adivinaban ojeras y llevaba un lápiz en su oreja izquierda. Sentada en un taburete en mitad de la habitación blanca que antes había sido mi estudio, había empujado mi mesa reclinable con los últimos planos y en su lugar había colocado un caballete. Por la ventana entraba la acostumbrada luz tenue ya que las cortinas estaban descorridas. En su mano portaba un carboncillo con el que trazaba bosquejos en una lámina de dibujo.

A mi llegada giró tranquilamente el rostro para mirarme, seguramente había oido mis pasos desde que entré en la casa. Casi imperturbable se levantó y con el carboncillo señaló el suelo que había entre nosotros dos.

  • Desnúdate y arrodíllate ahora mismo.

Aquel era el momento que tanto tiempo había buscado, una oportunidad que sólo se me presentaría una vez en la vida. En los escasos segundos que siguieron a la corta frase me debatí entre, por un lado, el estupor, la vergüenza y los condicionamientos sociales, y por otro mis ansias de entrega. Su mirada seguía severamente clavada en mí. El cruzar de brazos sobre su pecho fue la señal que estaba esperando y dejé caer al suelo, derrotado, mi chaqueta gris, me quité la corbata y empecé a desabrocharme camisa. Mi cerebro se desconectó del cuerpo y maquinalmente me desnudé, apartando los zapatos, calcetines y pantalones a un lado. En calzoncillos, titubeante, me atrevía a cruzar una mirada con aquella chica mucho más joven que yo, que apenas alcanzaba el metro sesenta pero que me dominaba con facilidad…

  • He dicho desnudo. Quítatelo todo. – dijo subrayando con su dulce pero firme voz juvenil la pronunciación de la última palabra

Venciendo los restos de vergüenza bajé mis bóxers hasta el suelo y los puse junto al resto de mis prendas. Sin poder taparme la erección en ciernes, caí automáticamente de rodillas sobre la gran alfombra del estudio. Ella sonrió complacida y adelantándose acarició tiernamente mi pelo, lo que tomé como una aceptación.

Hice un intento de balbuceo unas palabras pero ella me cayó haciendo un gesto de silencio y acariciando mi barbilla me ordenó poner las manos atrás mientras desaparecía de mi campo visual. Tras esto noté como ataba mis pies juntos con una brida y luego hacía lo mismo con mis manos, terminando por enlazar ambas partes de forma que quedara totalmente indefenso. Acercó el caballete a mi posición y volvió a presentarse ante mí. Solemnemente bajó sus braguitas hasta los pies, apartándolas seguidamente. Con delicadeza tomó de nuevo mi barbilla y empezó a inclinar mi cabeza hacia atrás haciendo que me arqueara ligeramente. Tras darse la vuelta separó sus glúteos y con toda la naturalidad del mundo se sentó sobre mi ya ardiente cara.

No necesitaba que me diera ninguna orden porque sabía lo que tenía que hacer. Se había sentado de forma que su pequeño trasero coincidía casi a la perfección con mi rostro. A pesar de la presión sentí libre mi boca y con cuidado, temeroso de meter la pata, comencé a lamer sus cavidades mientras escuchaba el rozar de su carboncillo con la lámina. Al poco comenzó a levantarse un poco y volvía a acomodarse. Esto lo interprete acertadamente como un deseo para que la explorara y aumentando el ritmo me centré en su ano. 

Sólo cuando se levantó por fin pude volver a pensar, extasiado por tantas emociones. Había sido dominado por primera vez en mi vida y me había gustado. Había obtenido placer dando placer a una mujer. Me había entregado a una desconocida sin esperar nada a cambio, una caída libre en lo desconocido. Su olor, el tacto de la piel me había enamorado más allá del amor ordinario, me había cautivado en una mezcla de miedo y de entrega.

En aquel momento extático poco me importaba que me hubieran robado, que me fueran a secuestrar o yo que sé que otra cosa fueran a hacer conmigo. Me dejaba llevar y sabía que debía ser así, que estaba hecho para aquello y que por primera vez en mi vida estaba cumpliendo con mi destino.

Ajena a todos mis dilemas morales y pensamientos, la extraña recogió con aire satisfecho sus bragas y volvió a colocárselas, abandonando después la habitación, cerrando la puerta y dejándome durante un tiempo en tan incómoda postura. La firme puerta no me dejó más que percibir una débil risa nerviosa y un cuchicheo al otro lado. Estaba hablando con alguien. Intenté no ponerme nervioso pero mi cerebro no paraba de intentar sacarme de ese subespecie de sumisión que también conocen los sumisos. Quería llevarme a la realidad: ¿estaba secuestrado por una(s) extraña(s)? Preferí no pronunciar palabra y esperar a que volviera a aparecer la chica del…caballete ¿Qué hacía aquel caballete en mi estudio? Comencé a atar cabos…¿realmente había pasado todo durante aquella noche? ¿Podía distinguir la realidad de un sueño ficticio?

Las rodillas ya llevaban un rato molestándome. Intentando cambiar infructuosamente de postura caí al suelo de lado. Ante la imposibilidad de levantarme vi como se habría de repente la puerta de la habitación. Desde mi posición sólo pude observar los pies descalzos de mi captora que se plantaron inmóviles ante mi. El timbre de la puerta resonó por el pasillo haciendo que la chica desapareciera de la habitación. Poco después la puerta exterior se abría, se escuchaba una corta conversación y a continuación unos zapatos de tacón entraban en escena ascendiendo por la escalera de caracol.

La puerta del estudio terminó por abrirse de par en par y pude observar con miedo como los zapatos negros peep toe de unos diez centímetros de altura se paraban a escasos milímetros de mis labios.

  • ¿A qué esperas? – dijo una voz más madura, conocida, con tono dominante.

Decidí no resistirme y con decisión saqué mi lengua y comencé a lamer y embadurnar de saliva aquellos zapatos sensuales pero desconocidos, manchados de polvo. Mi entrepierna volvió a la vida y sólo esperé avergonzado que no estuviera a la vista de mis captoras. Sonaron unas risas e inclinando un poco el pie, se me presentó la suela, la cual también repasé con un poco más de aprensión. A continuación, la experta mujer ladeó mi cara con un leve puntapié en la barbilla para introducir más cómodamente el largo y fino tacón que tocó mi garganta en varias ocasiones. Sin poder evitarlo y en el límite de la humillación que podía soportar, me atraganté recibiendo nuevamente como respuesta risas mientras tosía y recuperaba el aliento.

En ese momento mis dos captoras se agacharon y se pusieron en cuclillas de forma que pude ver sus rostros. En efecto se trataba de las dos mujeres de la noche anterior. Me miraban con curiosidad pero con un toque de desprecio, de superioridad que me obligaba a desviar la mirada.

  • Más te vale acostumbrarte porque esto no ha hecho más que empezar. – dijo la mujer  madura tomándome por el mentón con su manicura roja impoluta mientras la chica apretaba mis desprotegidos genitales y los retorcía, haciéndome gruñir por el dolor.

Capítulo I

 

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El sueño I

Retomo la publicación de los relatos de Sumiso Servus,

 

Las musas de los relatos eróticos se manifiestan a veces en sueños

y pocas veces son malas consejeras.

El día había terminado en una noche húmeda de cielo gris en la que las  nubes no se decidían a descargar su contenido. El viento seguía en calma y con la débil luz de la Luna Nueva oculta tras las sombras triunfantes de altos edificios, era los neones y las escasas farolas las únicas fuentes de luz que tenuemente iluminaban las calles de la capital. Era una noche extraña de Invierno, fría y apenas se encontraban peatones y vehículos por las calles que de día eran muy transitadas.
Pero centrémonos en el lugar de la primera escena, un pub con muchas esquinas oscuras, bañado por la luz de unas pocas bombillas de colores y cubierto por por la niebla del tabaco.
Allí me encontraba yo tras una larga jornada laboral de viernes en la que me había reunido con mis amigos y conocidos. La chaqueta del traje gris me molestó y en un instante la doblé apoyándola en una silla cercana, el nudo de la corbata negra ya lo había soltado poco tiempo antes. Quizás deba contar algo más de mí ya que la historia va a dar un giro de un momento a
otro.
Mi nombre es Joan, tengo 35 años, y soy soltero y sumiso, o eso creía hasta ese momento. Sin ninguna experiencia en dominación femenina si quitábamos alguna que otra experiencia con ex-novias. Tras un periodo de tiempo en el que había intentado borrar este aspecto de mi vida había
vuelto a abrazar mi lado más sumiso y me encontraba buscando Ama por las redes sin nada de éxito. Podríamos decir que consumía más porno Femdom del que debía. Todo esto por supuesto sin salir del armario.
Echando un vistazo alrededor no podía evitar pensar que aquel día nos habíamos equivocado de local. Se estaba celebrando una especie de velada gótica en el garito (de ahí la baja luz reinante) y alucinaba con cada uno de los modelitos que vestían las chicas que bailaban copa en mano en pequeños corrillos. Mientras que los hombres llevaban simplemente ropas oscuras comunes, las mujeres llevaban todo tipo de trajes y accesorios de fantasía negros con correas, cuerdas y lazos, realzando la belleza de sus cuerpos independientemente de sus medidas.
Viva el siglo XVIII y su moda… – dije estúpidamente entre dientes. Por lo visto ya estaba borracho.
Entre los vapores del alcohol y el tabaco destacó la figura de una mujer alta que me observaba desde un rincón no muy lejano a mi posición. Llevaba el pelo negro en un gracioso moño con algunos rizos que le caían delante y atrás. La envolvía una chaqueta larga de cuero y su piel era
blanca como la leche. Seguro que el pálido maquillaje ayudaba a ello, resaltando contra el negro de su sombra de ojos, rímel y pinta labios.
Se acercó como una felina, dando pasos sobre sus zapatos de plataforma, segura de sí misma.
Con el rabillo del ojo la observaba y distraía toda mi atención de la insulsa conversación de mis amigos. Distraídamente me giré un poco hacia donde se encontraba y la pude contemplar más cerca. Sus abundantes pechos querían escapar del firme corsé decimonónico. Éste conectaba con una corta falda negra de cuero que terminaba en unas largas piernas tapadas  coquetamente por unas medias enrejadas. De vez en cuando sentía como una mirada de sus ojos verdes se clavaban en mí y me obligaban a girarme para admirarla.
En ese momento todavía no me había percatado de la presencia de una mujer más baja y joven con la que conversaba a ratos. Ésta también tenía el pelo negro pero lo llevaba muy corto como si fuera un chico. Su palidez no era comparable a la de mi admirada y llevaba escaso maquillaje. Si
su físico no destacaba debido a su delgadez, su rostro era casi angelical. Me llamó la atención su perfecta pequeña nariz y sus grandes ojos marrones que no se centraban en mi y que habría en todo su esplendor cada vez que echaba el humo del cigarro mirando hacia el techo. El vestuario que llevaba no era muy diferente del de su acompañante pero me llamaron la atención un brazalete plateado de serpientes que llevaba en el brazo derecho y un collar fino negro de entramado muy noventero.
¿Te gusta lo que ves? – Me dijo una voz melosa al oído. Me costó reponerme del sobresalto
¿Cómo te llamas?
¿Te hace falta saberlo?
“Te hace falta saberlo”, un nombre muy curioso – dije irónicamente. Me gustaba hacerme el tonto con las mujeres, no podía evitarlo.
Ella sonrió y me invitó a la barra para tomarnos algo a solas. Tras una corta conversación sobre temas mundanos me excusé para ir al servicio, necesitaba refrescarme, la copa se me había subido más de lo normal, me sentía mareado. Estúpidamente no paraba de pensar si mis furtivas miradas a su canalizo y a sus apetecibles piernas se habían notado demasiado.
Tras salir tirar de cadena salí totalmente mareado de la cabina del servicio para lavarme las manos. Ansiaba echarme agua fresca en la cara que calmara el calor atroz que me invadía. Pero de pronto me quedé pasmado. Allí se encontraba la chica bajita que había visto instantes antes (¿O habían pasado horas?) en la sala de baile con los brazos en jarra, mirándome desafiantemente. Esto es lo último que recuerdo de aquella extraña  madrugada.

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