El sueño I

Retomo la publicación de los relatos de Sumiso Servus,

 

Las musas de los relatos eróticos se manifiestan a veces en sueños

y pocas veces son malas consejeras.

El día había terminado en una noche húmeda de cielo gris en la que las  nubes no se decidían a descargar su contenido. El viento seguía en calma y con la débil luz de la Luna Nueva oculta tras las sombras triunfantes de altos edificios, era los neones y las escasas farolas las únicas fuentes de luz que tenuemente iluminaban las calles de la capital. Era una noche extraña de Invierno, fría y apenas se encontraban peatones y vehículos por las calles que de día eran muy transitadas.
Pero centrémonos en el lugar de la primera escena, un pub con muchas esquinas oscuras, bañado por la luz de unas pocas bombillas de colores y cubierto por por la niebla del tabaco.
Allí me encontraba yo tras una larga jornada laboral de viernes en la que me había reunido con mis amigos y conocidos. La chaqueta del traje gris me molestó y en un instante la doblé apoyándola en una silla cercana, el nudo de la corbata negra ya lo había soltado poco tiempo antes. Quizás deba contar algo más de mí ya que la historia va a dar un giro de un momento a
otro.
Mi nombre es Joan, tengo 35 años, y soy soltero y sumiso, o eso creía hasta ese momento. Sin ninguna experiencia en dominación femenina si quitábamos alguna que otra experiencia con ex-novias. Tras un periodo de tiempo en el que había intentado borrar este aspecto de mi vida había
vuelto a abrazar mi lado más sumiso y me encontraba buscando Ama por las redes sin nada de éxito. Podríamos decir que consumía más porno Femdom del que debía. Todo esto por supuesto sin salir del armario.
Echando un vistazo alrededor no podía evitar pensar que aquel día nos habíamos equivocado de local. Se estaba celebrando una especie de velada gótica en el garito (de ahí la baja luz reinante) y alucinaba con cada uno de los modelitos que vestían las chicas que bailaban copa en mano en pequeños corrillos. Mientras que los hombres llevaban simplemente ropas oscuras comunes, las mujeres llevaban todo tipo de trajes y accesorios de fantasía negros con correas, cuerdas y lazos, realzando la belleza de sus cuerpos independientemente de sus medidas.
Viva el siglo XVIII y su moda… – dije estúpidamente entre dientes. Por lo visto ya estaba borracho.
Entre los vapores del alcohol y el tabaco destacó la figura de una mujer alta que me observaba desde un rincón no muy lejano a mi posición. Llevaba el pelo negro en un gracioso moño con algunos rizos que le caían delante y atrás. La envolvía una chaqueta larga de cuero y su piel era
blanca como la leche. Seguro que el pálido maquillaje ayudaba a ello, resaltando contra el negro de su sombra de ojos, rímel y pinta labios.
Se acercó como una felina, dando pasos sobre sus zapatos de plataforma, segura de sí misma.
Con el rabillo del ojo la observaba y distraía toda mi atención de la insulsa conversación de mis amigos. Distraídamente me giré un poco hacia donde se encontraba y la pude contemplar más cerca. Sus abundantes pechos querían escapar del firme corsé decimonónico. Éste conectaba con una corta falda negra de cuero que terminaba en unas largas piernas tapadas  coquetamente por unas medias enrejadas. De vez en cuando sentía como una mirada de sus ojos verdes se clavaban en mí y me obligaban a girarme para admirarla.
En ese momento todavía no me había percatado de la presencia de una mujer más baja y joven con la que conversaba a ratos. Ésta también tenía el pelo negro pero lo llevaba muy corto como si fuera un chico. Su palidez no era comparable a la de mi admirada y llevaba escaso maquillaje. Si
su físico no destacaba debido a su delgadez, su rostro era casi angelical. Me llamó la atención su perfecta pequeña nariz y sus grandes ojos marrones que no se centraban en mi y que habría en todo su esplendor cada vez que echaba el humo del cigarro mirando hacia el techo. El vestuario que llevaba no era muy diferente del de su acompañante pero me llamaron la atención un brazalete plateado de serpientes que llevaba en el brazo derecho y un collar fino negro de entramado muy noventero.
¿Te gusta lo que ves? – Me dijo una voz melosa al oído. Me costó reponerme del sobresalto
¿Cómo te llamas?
¿Te hace falta saberlo?
“Te hace falta saberlo”, un nombre muy curioso – dije irónicamente. Me gustaba hacerme el tonto con las mujeres, no podía evitarlo.
Ella sonrió y me invitó a la barra para tomarnos algo a solas. Tras una corta conversación sobre temas mundanos me excusé para ir al servicio, necesitaba refrescarme, la copa se me había subido más de lo normal, me sentía mareado. Estúpidamente no paraba de pensar si mis furtivas miradas a su canalizo y a sus apetecibles piernas se habían notado demasiado.
Tras salir tirar de cadena salí totalmente mareado de la cabina del servicio para lavarme las manos. Ansiaba echarme agua fresca en la cara que calmara el calor atroz que me invadía. Pero de pronto me quedé pasmado. Allí se encontraba la chica bajita que había visto instantes antes (¿O habían pasado horas?) en la sala de baile con los brazos en jarra, mirándome desafiantemente. Esto es lo último que recuerdo de aquella extraña  madrugada.

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Carpeta D/S

Buscando en una carpeta que tengo en mi correo llamada D/s, he encontrado este texto que en su día mi bichito subió a su blog.

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La piel de I es suave-suave. Me encanta acariciar sus tetas, culo y piernas, que son todavía más agradables al tacto. Me gusta apreciar como se estremece al sentir mis manos por su cuerpo. Poco a poco ella se va relajando… es hora de pasar a los besos para adorar su cuerpo.

Hago todo eso con un nivel de excitación brutal, con mi pene a punto de estallar, pero centrándome en lo que importa, el placer de I. 

Placer que va incrementándose, acabando en uno o varios orgasmos. Orgasmos que siento como míos, que me hacen disfrutar. La siento jadear, sudar, moverse… 

Finalmente ella va volviendo a un estado más calmado. Nos abrazamos, nos besamos y nos recordamos cuánto nos amamos. Entonces ella agarra mi pene, hinchado de amor y adoración. Hoy tampoco te vas a correr, me dice mientras me planta un beso en la boca.

Es tu decisión le respondo, abrazándola con más fuerza mientras vamos durmiéndonos….

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