El Sueño II

Por Sumiso Servus

Abrí los ojos y poco a poco vi desconcertado donde me encontraba, sentado sobre un cojín en un mueble de un rincón. Seguía allí, en el pub oscuro pero ahora una puerta que daba a la calle estaba abierta de par en par colándose una infinidad de luz blanca que me indicaba el comienzo del día. Notaba mi boca pegajosa, el cuerpo dolorido y me entró pánico al darme cuenta que me había quedado dormido en un lugar extraño rodeado de gente desconocida. Uno de los encargados del local comenzaba a barrer el suelo y los pocos rezagados que quedaban abandonaban el lugar. 

Haciendo lo propio me levanté, tomé mi chaqueta gris y tras enfundarme en mi sobretodo negro salí a la calle expulsando vaho blanco cada vez que respiraba nervioso. Con una mano cerraba insistentemente el cuello del abrigo y avanzaba con rapidez sobre el resbaladizo suelo helado de la ciudad. A primera vista no me habían robado, lo tenía todo conmigo. 

Callejeando por el centro alcancé las puertas del gran edificio donde vivía, un piso de dos plantas en el ático reformado en una de las más conocidas de las avenidas de la ciudad, una herencia familiar. Mi situación económica como arquitecto era holgada pero seguramente no me hubiera podido permitir tan lujosa vivienda.

Subiendo en el ascensor hasta el último piso pude respirar por primera vez. Todo había sido un sueño, quizás una pesadilla. La noche anterior había bebido demasiado. No tenía que darle más vueltas.

Con inseguridad introduje la llave en la cerradura y me tranquilicé al entrar en la vivienda. Todo estaba en su sitio y olía a limpio. La tenue luz del sol invernal se colaba entre las cortinas grises a juego con el resto de mobiliario nórdico de diseño. Decidí darme una ducha. El calor del agua caliente me sentó bien y cuando salí con el albornoz puesto me dirigí a mi dormitorio. Aquí es donde me di cuenta de que algo no encajaba. Las sábanas blancas de mi gran cama estaban revueltas. Con las manos las toqué y las noté frías. Estaba seguro de haber hecho la cama el día anterior. Rebuscando entre ellas noté un objeto extraño y tras sacarlo a la luz mi sorpresa fue mayúscula al identificarlo como un strap-on formado por un enorme dildo de color carne con correajes de cuero.

La cabeza me daba vueltas cuando oí un ruido en la planta superior que me heló la sangre y confirmó mis sospechas.

Con decisión comencé a subir las escaleras de caracol, asido a la barandilla, escalón a escalón. La sorpresa y el miedo me habían impedido pensar en tomar algún objeto contundente. Cuando llegué arriba giré la esquina y avancé por el pasillo hasta la habitación de la que parecían provenir los ruidos.

Fue entonces cuando me quedé paralizado ante la escena que presenciaba, mi cerebro tardó unos segundos en atar cabos. Allí se encontraba la chica bajita de la discoteca. Vestía únicamente un top gris que no le tapaba el vientre y unas bragas impolutas de color blanco. Con la calefacción central no hacía falta nada más. En sus ojos no se adivinaban ojeras y llevaba un lápiz en su oreja izquierda. Sentada en un taburete en mitad de la habitación blanca que antes había sido mi estudio, había empujado mi mesa reclinable con los últimos planos y en su lugar había colocado un caballete. Por la ventana entraba la acostumbrada luz tenue ya que las cortinas estaban descorridas. En su mano portaba un carboncillo con el que trazaba bosquejos en una lámina de dibujo.

A mi llegada giró tranquilamente el rostro para mirarme, seguramente había oido mis pasos desde que entré en la casa. Casi imperturbable se levantó y con el carboncillo señaló el suelo que había entre nosotros dos.

  • Desnúdate y arrodíllate ahora mismo.

Aquel era el momento que tanto tiempo había buscado, una oportunidad que sólo se me presentaría una vez en la vida. En los escasos segundos que siguieron a la corta frase me debatí entre, por un lado, el estupor, la vergüenza y los condicionamientos sociales, y por otro mis ansias de entrega. Su mirada seguía severamente clavada en mí. El cruzar de brazos sobre su pecho fue la señal que estaba esperando y dejé caer al suelo, derrotado, mi chaqueta gris, me quité la corbata y empecé a desabrocharme camisa. Mi cerebro se desconectó del cuerpo y maquinalmente me desnudé, apartando los zapatos, calcetines y pantalones a un lado. En calzoncillos, titubeante, me atrevía a cruzar una mirada con aquella chica mucho más joven que yo, que apenas alcanzaba el metro sesenta pero que me dominaba con facilidad…

  • He dicho desnudo. Quítatelo todo. – dijo subrayando con su dulce pero firme voz juvenil la pronunciación de la última palabra

Venciendo los restos de vergüenza bajé mis bóxers hasta el suelo y los puse junto al resto de mis prendas. Sin poder taparme la erección en ciernes, caí automáticamente de rodillas sobre la gran alfombra del estudio. Ella sonrió complacida y adelantándose acarició tiernamente mi pelo, lo que tomé como una aceptación.

Hice un intento de balbuceo unas palabras pero ella me cayó haciendo un gesto de silencio y acariciando mi barbilla me ordenó poner las manos atrás mientras desaparecía de mi campo visual. Tras esto noté como ataba mis pies juntos con una brida y luego hacía lo mismo con mis manos, terminando por enlazar ambas partes de forma que quedara totalmente indefenso. Acercó el caballete a mi posición y volvió a presentarse ante mí. Solemnemente bajó sus braguitas hasta los pies, apartándolas seguidamente. Con delicadeza tomó de nuevo mi barbilla y empezó a inclinar mi cabeza hacia atrás haciendo que me arqueara ligeramente. Tras darse la vuelta separó sus glúteos y con toda la naturalidad del mundo se sentó sobre mi ya ardiente cara.

No necesitaba que me diera ninguna orden porque sabía lo que tenía que hacer. Se había sentado de forma que su pequeño trasero coincidía casi a la perfección con mi rostro. A pesar de la presión sentí libre mi boca y con cuidado, temeroso de meter la pata, comencé a lamer sus cavidades mientras escuchaba el rozar de su carboncillo con la lámina. Al poco comenzó a levantarse un poco y volvía a acomodarse. Esto lo interprete acertadamente como un deseo para que la explorara y aumentando el ritmo me centré en su ano. 

Sólo cuando se levantó por fin pude volver a pensar, extasiado por tantas emociones. Había sido dominado por primera vez en mi vida y me había gustado. Había obtenido placer dando placer a una mujer. Me había entregado a una desconocida sin esperar nada a cambio, una caída libre en lo desconocido. Su olor, el tacto de la piel me había enamorado más allá del amor ordinario, me había cautivado en una mezcla de miedo y de entrega.

En aquel momento extático poco me importaba que me hubieran robado, que me fueran a secuestrar o yo que sé que otra cosa fueran a hacer conmigo. Me dejaba llevar y sabía que debía ser así, que estaba hecho para aquello y que por primera vez en mi vida estaba cumpliendo con mi destino.

Ajena a todos mis dilemas morales y pensamientos, la extraña recogió con aire satisfecho sus bragas y volvió a colocárselas, abandonando después la habitación, cerrando la puerta y dejándome durante un tiempo en tan incómoda postura. La firme puerta no me dejó más que percibir una débil risa nerviosa y un cuchicheo al otro lado. Estaba hablando con alguien. Intenté no ponerme nervioso pero mi cerebro no paraba de intentar sacarme de ese subespecie de sumisión que también conocen los sumisos. Quería llevarme a la realidad: ¿estaba secuestrado por una(s) extraña(s)? Preferí no pronunciar palabra y esperar a que volviera a aparecer la chica del…caballete ¿Qué hacía aquel caballete en mi estudio? Comencé a atar cabos…¿realmente había pasado todo durante aquella noche? ¿Podía distinguir la realidad de un sueño ficticio?

Las rodillas ya llevaban un rato molestándome. Intentando cambiar infructuosamente de postura caí al suelo de lado. Ante la imposibilidad de levantarme vi como se habría de repente la puerta de la habitación. Desde mi posición sólo pude observar los pies descalzos de mi captora que se plantaron inmóviles ante mi. El timbre de la puerta resonó por el pasillo haciendo que la chica desapareciera de la habitación. Poco después la puerta exterior se abría, se escuchaba una corta conversación y a continuación unos zapatos de tacón entraban en escena ascendiendo por la escalera de caracol.

La puerta del estudio terminó por abrirse de par en par y pude observar con miedo como los zapatos negros peep toe de unos diez centímetros de altura se paraban a escasos milímetros de mis labios.

  • ¿A qué esperas? – dijo una voz más madura, conocida, con tono dominante.

Decidí no resistirme y con decisión saqué mi lengua y comencé a lamer y embadurnar de saliva aquellos zapatos sensuales pero desconocidos, manchados de polvo. Mi entrepierna volvió a la vida y sólo esperé avergonzado que no estuviera a la vista de mis captoras. Sonaron unas risas e inclinando un poco el pie, se me presentó la suela, la cual también repasé con un poco más de aprensión. A continuación, la experta mujer ladeó mi cara con un leve puntapié en la barbilla para introducir más cómodamente el largo y fino tacón que tocó mi garganta en varias ocasiones. Sin poder evitarlo y en el límite de la humillación que podía soportar, me atraganté recibiendo nuevamente como respuesta risas mientras tosía y recuperaba el aliento.

En ese momento mis dos captoras se agacharon y se pusieron en cuclillas de forma que pude ver sus rostros. En efecto se trataba de las dos mujeres de la noche anterior. Me miraban con curiosidad pero con un toque de desprecio, de superioridad que me obligaba a desviar la mirada.

  • Más te vale acostumbrarte porque esto no ha hecho más que empezar. – dijo la mujer  madura tomándome por el mentón con su manicura roja impoluta mientras la chica apretaba mis desprotegidos genitales y los retorcía, haciéndome gruñir por el dolor.

Capítulo I

 

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