El Sueño VII

Por sumiso servus

Por fin me encontraba en la puerta de la casa de ladrillos rojos con la tarjeta que días antes me había entregado Ama Rebeca. Aquella tenía que ser la casa donde vivían.

Me puse firme, respiré profundamente y pulsé el telefonillo de entrada. Mi reloj de pulsera marcaba las seis en punto de la tarde. En unos segundos la puerta exterior se abrió de forma remota y entré en los terrenos. Seguramente me habían visto por la cámara, no había habido ni pregunta ni respuesta.

Una vez dentro cerré la puerta exterior y contemplé por unos instantes los alrededores. Una cerca de unos dos metros y medio, también de ladrillo rojo, cercaba un espacio ajardinado con un par de árboles en las esquinas, algunos arbusto y césped. Justo en el centro se encontraba una coqueta casa de dos plantas y buhardilla. Seguramente también tuviera sótano.

Aunque la planta no era muy grande, si que parecía poder albergar al menos tres habitaciones. El edificio era, como ya he comentado, de estilo inglés, rematado en un tejado a dos aguas algo pronunciado. Dos chimeneas aparecían a los lados aportando una apariencia de simetría. La casa tenía además un gran frontón central no muy lujoso y unas ventanas de grandes dimensiones, verticales, que estaban cubiertas por cortinas de época que apenas dejaban adivinar el interior.

Con paso firme me acerqué a la puerta principal pisando el camino de grava y produciendo el característico ruido de piedrecitas esparciéndose. En cuanto llegué a la puerta esperé pacientemente, no había timbre y no pensaba tocar la aldaba. Quería ser lo más discreto posible.

Pasados unos instantes se abrió el portalón y una voz femenina me indicó que entrara. Al cerrarse la puerta tras de mí vi a Ama Paula que en un chandal de marca de color rosa echaba el pestillo principal.

  • Bien, has sido puntual. – dijo echándome un vistazo – ¿Qué es eso que llevas? – Señaló una pequeña mochila que llevaba a la espalda.
  • Perdone, Señora. Sólo son mis llaves, la cartera y el móvil.

En ese momento ella sonrió de forma enigmática e movió el dedo índice negando.

  • Vamos, quítate la ropa y métela dentro de tu mochila.

La obedecí al instante y mientras me quitaba el atuendo casual que llevaba de pantalones chinos marrones y camisa a cuadros observé la entrada de la casa que no tenía nada de particular. A la izquierda había una escalera que subía directamente a las plantas superiores mientras que a la derecha había un recibidor y un pasillo que llevaba hasta un comedor que se veía al fondo. Algunos reproducciones de maestros impresionistas colgaban de las paredes.

Una vez hube metido toda mi ropa en la mochila Ama Paula me la arrancó de las manos.

  • Esto te lo devolveremos el domingo por la tarde. Nada de móvil ni distracciones en casa.

Yo me quedé un poco conmocionado por esto pero acerté a comentar que también había traído el cuaderno rojo que me había regalado Ama Rebeca. Rebuscando en la mochila a regañadientes lo sacó junto con un bolígrafo y lo colocó encima de la escalera para a continuación darse la vuelta y avanzar por el pasillo hasta la puerta de un armario donde depósito mi mochila y cerró con una de las llaves que le colgaban del cuello. Al volver se quedó ante mí plantada y sonriendo tomó mi cabeza  tirando hacia abajo me dio a entender que me arrodillara, cosa que hice al instante.

  • Así está mejor. – dijo al ver que ahora era Ella la que me miraba con superioridad desde arriba – Vamos, saluda como es debido.

Sin dudarlo me incliné y besé sus zapatillas blancas de deporte.

  • Espera aquí un momento, ahora mismo vengo.

Me quedé de rodillas mirando a la moqueta verde que cubría toda la planta de la casa, en la entrada. Al poco volvió y sentí, sin atreverme a levantar la cabeza, como me ataba un collar al cuello. A continuación enganchó una correa metálica de eslabones y me ordenó levantarme.

  • Primero te voy a enseñar la habitación de invitados. – dijo jocosamente

Al pasar por delante de un espejo, a medida que avanzábamos por el pasillo, me vi reflejado en un espejo y vi que me había colocado un sencillo collar negra sin placa. Después fui informado de que sería mi collar de prueba durante el fin de semana. Llegamos a otra puerta y comenzamos a bajar unas escaleras. Aquí y en todo el sótano que apareció las paredes mostraban los ladrillos, no tenían ni decoración ni mucho menos el papel pintado que adornaban la planta baja. El sótano se dividía en dos habitaciones sin puertas y varios armarios empotrados. Ama Paula me mostró la habitación de la derecha que era la lavandería: una lavadora, secadora, tabla de planchado y cuerdas para secar la ropa. A la izquierda se encontraba la que sería mi habitación durante el fin de semana.

Decir que la habitación era espartana sería decir poco pero al final resultó no estar tan ma: una especie de celda sin barrotes. En una esquina había un plato de ducha sencillo pero con agua fría y caliente, cerrado por una cortina. Junto a él y sin separación con el resto de la celda había un lavamanos y una taza del wáter. Por último, una sencilla cama individual de 90 cm. Sin sábanas pero con una manta recia sobre el colchón. Es verdad que en el sótano la calefacción era más débil que en el resto de la casa pero esperaba no pasar frío.

  • ¿Qué? ¿Te gusta tu habitación?
  • Gracias, Señora. Es muy bonita.
  • Seguro… – dijo sin creerme – El paraíso de un esclavo fetichista. – Me pregunté si ella creía que yo era justamente eso…

La verdad es que me sorprendió el sótano, no sé por qué esperaba una especie de mazmorra con la típica cruz de San Andrés…malditas fantasías fetichistas…aquello era un sótano “casi normal”. Tras quitarme la correa me dejó en la habitación un instante y volvió del pasillo con la típica pastilla de jabón en la mano.

  • Ahora voy a quitarte el cinturón de castidad y quiero que te limpies tu “micropolla” bien con esto. Sécate con esa toalla.

¡El cinturón de castidad! Con toda la excitación de la llegada a la casa y el miedo de meter la pata casi ni me acordaba de aquel artilugio que me había tenido en vela toda la semana y que me mantenía hiperexcitado en castidad.

Tras haberme liberado y bajo su atenta mirada entré en la ducha y me limpié a conciencia. Antes de ir a la casa ya me había duchado pero es verdad que con el cinturón no podía limpiarme del todo mis partes pudientes. Fue un placer sentir el agua templada pero tuve cuidado de no tardar mucho para no impacientarla. Ya no tenía reloj así que allí abajo no sabría que hora era.

  • Venga, ven aquí. – dijo señalando el suelo justo antes de ella.

Pronto iba a averiguar que deseaba más de mí. 

  • Rebeca es una amante de la tecnología y los trastos tecnológicos – dijo mientras me rociaba con el spray que me atontaba el miembro y sacaba unos electrodos que me colocaba a ambos lados de mi ya flácido pene.

De estos electrodos salían dos fuertes cables de color violeta que a su vez pasaban perfectamente por la funda de un nuevo cinturón de castidad que me colocó. Una vez estuve encerrado de nuevo y con los cables saliendo de la parte trasera de la funda, sacó de una bolsa una especie de cinturón negro con una caja negra que me ató a la cintura y, que conectó a los cables. Para terminar, me puso un candado pequeño que cerró con una de las llaves de su colgante.

  • Te estarás preguntando qué son todos estos aparatos…bueno, tú preocúpate que no se te caigan y no te lo quites ni para dormir…es resistente al agua, no te preocupes…al principio te parecerá un poco incómodo pero te acostumbrarás…todos los hacen. – dijo mientras me pillaba mirando mi nuevo cinturón de castidad.
  • Vamos, no te quedes mirando como un tonto ¿Ves? – dijo sacando el móvil y enseñándome una aplicación también de color violeta – Esto servirá para que nosotras te corrijamos cada vez que te equivoques, es la mar de útil y al final seguro que lo disfrutas.

Con el tiempo sabría que se trataba de un juguete diabólico llamado Lover-2000 consistente en un aparato que proporciona leves vibraciones o descargas a distancia, controlado por una aplicación móvil. Un juguete caro que se podía convertir en una herramienta útil en manos de la domadora adecuada.

  • Espera que quiero probarlo – dijo pulsando unos botones y terminando por mirarme a los ojos.

En ese momento recibí una descarga que me hizo ver las estrellas y contrayéndome, puse automáticamente mis manos sobre el cinturón de castidad. Recibí un tortazo que me aturdió, empecé a conocer el verdadero lado sádico de Ama Paula, si es que no lo había sentido antes…

  • ¡No te toques!

De un tirón de la correa que me había vuelto a enganchar tiró de mi y me llevó al piso superior hasta la cocina que era espaciosa y bastante moderna. Una mesa grande ocupa el espacio central y sentándose en un taburete me ordenó arrodillarme frente a ella. Fue en ese momento cuando llegó Ama Rebeca y abrazándola por detrás, le dio un pico a Ama Paula.

  • Ya tenemos aquí a nuestro gusanito, por lo que veo. – Volví a sentir orgullo y cariño cuando me revolvió el pelo como a una mascota.
  • Ya lo he dejado listo. Tal y como me pediste. Funciona perfectamente.
  • ¡Qué bien! – dijo Ama Rebeca con una sonrisa – ¿Le has explicado en qué va a consistir el fin de semana?

Aprovecharon ese momento para explicarme en qué consistiría mi rutina aquellos dos días. Me quedaría a dormir con ellas (es un decir) viernes y sábado. El domingo se me evaluaría finalmente y la semana que viene decidirían si he superado o no la prueba. El fin de semana tendría que realizar las tareas de la casa que me fueran ordenando aunque en general consistía en pasar la aspiradora, poner lavadoras, limpiar el polvo e incluso preparar la comida. Mañana me encontraría una lista con todos los quehaceres en la cocina que a partir de ahora sería mi reino.

No puedo evitar pensar que me decepcionó un poco que no se incluyera ninguna actividad de índole sexual en mi desempeño aunque guardaba la esperanza que algo ocurriera antes o después pues mi excitación estaba llegando a niveles altísimos. Sabía que nunca podría tener relaciones con ninguna de mis Amas pero ansiaba poder desahogarme de alguna forma tras cinco días en castidad. Entendedme, cinco días en castidad son muchos días para un “pajillero” acostumbrado a masturbarse a diarios varias veces. Pero mis orgasmos ya no me pertenecían, y eso lo iba a aprender a golpe de fusta. Decidí intentar seguir sus órdenes al pie de la letra y hacerlo lo mejor posible. 

  • Dormirás y te asearás abajo. Sólo entrarás en los dormitorios y cuartos de bajo de arriba para limpiar y ordenar, y cuidado, tenemos cámaras. No quiero que curiosees. – dijo Ama Paula mirando de reojo.
  • Tranquila Paula, seguro que lo hace muy bien ¿Verdad, gusano?
  • Sí, Ama.  – dije mirando al suelo
  • Así me gusta – dijo Ama Rebeca – Tienes que demostrarnos de qué pasta estás hecho. Ahora te vienes conmigo que voy a enseñarte el resto de la casa para que no te pierdas mañana ji, ji, ji. Vas a tener un día muuuuuuuy ajetreado. – Terminó guiñándome un ojo y dándome un leve tirón de la correa mientras todavía me estaba incorporando.

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Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

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