El Sueño VI

Por sumiso servus

Jueves 30 de enero de 2020

Como todos los días cumplo con los deseos de mis dueñas y me dispongo a escribir una entrada en el diario. Es casi medianoche y Ama Paula ya se ha marchado, sólo espero que esté complacida con mis progresos. Hoy quiero contar más en profundidad el día de hoy, espero que no les moleste.

A primera hora de la mañana recibí como instrucciones en el grupo de WhatsApp que dejara las llaves de repuesto de mi apartamento al conserje de la entrada ya que podría recibir una visita. He intentado seguir mi rutina pero no puedo negar que la excitación por esta sorpresa no me ha dejado concentrarme en todo el día. 

Al llegar la tarde me he sentido molesto por el retraso que me ha ocasionado un encargo de última hora, forzándome a quedarme más tarde de lo habitual. Yo quería marcharme ese día antes carcomido por la excitación de mi miembro enjaulado y por las expectativas de la visita.

He llegado a eso de las siete a mi edificio y nada más cruzar el portal me he percatado de la mirada traviesa del conserje mientras me informaba de que mi visita había llegado hacía una escasa media hora.

Al entrar por la puerta de mi apartamento con mi chaqueta y el maletín en la mano me quedé esperando en el recibidor, como si ya no fuera más que un invitado. Sabía que quien fuera que estuviera allí habría escuchado mi llegada y así fue ya que unos instantes después oía un ruido de un mueble arrastrando, y como unas pisadas desnudas por el pasillo superior bajaban después la escalera de caracol. Me encontré cara a cara con Ama Paula.

Soy una persona detallista y un poco fetichista con la ropa y las formas femeninas así que creo importante describir como vestía mi superior. Pido perdón si me excedo en las descripciones pero al fin y al cabo se me ha pedido una suerte de diario íntimo. Como digo, iba descalza. Vestía unos vaqueros negros ajustados que le hacían un trasero perfecto y muy apetecible, aquel trasero que ya había tenido la suerte de saborear. En la parte de arriba llevaba una sencilla camisa de cuadros rojos más ancha de lo habitual, un poco desabrochada y que de vez en cuando dejaba adivinar los encajes de un delicado sujetador blanco.

Recuerdo perfectamente como Ama Paula puso sus brazos en jarra y me ordenó acompañarla al salón tirándome de una oreja. Una vez allí me ordenó desnudarme completamente y me indicó que besara el empeine de sus pies. Yo sumisamente hice como me ordenó y mientras, postrado, besaba sus juveniles pies, me aclaró que éste era el modo en que me tenía que comportar cada vez que estuviera en su presencia: desnudarme y besar sus pies o zapatos como signo de sumisión. Yo asentí.

Tras esta presentación me puso en mitad de la sala y comenzó a dar vueltas entorno a mí. Yo miraba al suelo, como debía ser y no pude captar sus gestos cada vez que se paraba y tocaba mis glúteos, mis brazos o mi pecho. Parecía estar examinando una nueva presa. De repente me ordenó poner las manos atrás y separar las piernas. Sin duda estaba satisfecha con mi reciente depilación y me indicó que tendría que ir a dicha clínica cada dos semanas como mínimo para que me repasaran con cera.

Pronto llegó el turno de mis partes más pudientes y es aquí cuando ocurrió un momento mágico que me hizo estremecer de arriba a abajo, dándome cuenta de cómo un hombre hecho y derecho como yo había caído en las garras de una jovencita que le dominaba como su pequeña marioneta. Con una mano tomó mis testículos, de forma más suave que la vez anterior, mientras que su otra mano levantó mi barbilla e hizo que nuestros ojos se cruzaran en una intensa mirada. Sus caricias en mis frágiles genitales se fueron haciendo más intensas y las molestias derivadas de la jaula de castidad aumentaron. Pronto empezaron a aparecer pequeñas gotas. Llegado un momento las caricias se convirtieron en el tormento de un fuerte apretón y apareció la habitual sonrisa sádica en su rostro. Mis piernas empezaron a flaquear y puede que ella se diera cuenta ya que dejó de pronto de apretar y con mucho erotismo pasó su delicado dedo índice, de uña larga y manicura perfecta, por la abertura de mi jaula, recogiendo una pequeña gota de líquido preseminal que acabó en su lengua. Aquella escena de poder, humillación y sumisión se me ha quedado grabada para el resto de mi vida. Ama Paula me dijo que aquellas eran mis “lágrimas de macho” y que iba a cerciorarse de poder llenar una taza con ellas durante mi adiestramiento. Aquello me dejó un poco atemorizado pues no soy lo que se dice masoquista, aunque mi miembro parecía decir lo contrario. Satisfecha con su juego me ordenó prepararle un té y llévaselo al que era mi estudio.

Al llegar al estudio con la bandeja en mis manos pude ver como había vuelto a colocar su caballete y pintaba en su lienzo con colores oscuros. Seguramente era una vista de la gran avenida que observaba a través del gran ventanal. Me fascinó el uso de los colores y su gran maestría artística. Las luces de neón de los comercios, las farolas, los transeúntes, todo formaba un iniverso paralelo que explotaba entre los pigmentos escogidos.

Me indicó que aquella habitación iba a pasar a ser su estudio de pintura cuando ella lo decidiera y que apartara mis cosas en cuanto tuviera oportunidad. Las vistas de la ciudad y la tranquilidad que se respiraba eran ideales. Es más, me exigió mi copia de la llave de la habitación para que sólo ella tuviera acceso. No conozco la causa pero durante esta semana ha ido aumentando mi sensación de sumisión y apenas tardé unos segundos en bajar al piso inferior y ofrecerle la llave que se guardó en el bolsillo de la camisa. Durante su estancia allí y mientras pintaba sorbiendo poco a poco el té caliente, empecé a vaciar todos los muebles de la estancia, llegando incluso a sacar algunos, los cuales me indicó no le harían falta. 

 

Así pasó la tarde. Una vez hube terminado, Ama Paula quiso recompensarme y me ordenó tumbarme boca arriba bajo sus pies que empecé a embadurnar con mi saliva. He de decir que no soy un fetichista de los pies pero su esencia me embriagó y me dediqué en cuerpo y alma en cumplir de la mejor forma con mi cometido. Repasé con mi lenta lengua la planta de sus pies mientras la veía estremecer, gigante, desde mi posición. Exploré con dedicación el espacio entre sus pequeños dedos descubriendo sus recovecos. Terminé pasando mi lengua con devoción por su talón.

Una vez estuvo satisfecha empujó mi cabeza en un movimiento brusco y se levantó comenzando a calzarse. Yo me quedé esperando como un tonto a que me diera la orden de incorporarme aunque el duro suelo fuera haciendo ya de las suyas en mi desnuda espalda. Una vez se puso la chaqueta me echó de mi ex-estudio y cerró la puerta con llave. La acompañé hasta la puerta como un perrito faldero, a cuatro patas, cuando me ordenó levantarme. Desde mi posición la observaba desde arriba y esto pareció no agradarle. A continuación me dio un ligero beso en la mejilla y cerro su intervención propinándome un rodillazo en la entrepierna de tal magnitud que me dejó sin aire y no pude hacer otra cosa que arrodillarme. Con una sonrisa en los labios mi magnífica y sádica dueña me acarició el peló y cerró la puerta tras de sí.

No es mi papel decidir si merecí o no aquel correctivo. Lo acepto con humildad y sólo deseo estar cumpliendo con las expectativas que hay puestas en mí. 

Cansado de escribir cerré el cuaderno rojo y puse la señal de lectura. Mi pene volvía a molestarme ante tan vívidos recuerdos, acciones que apenas habían sucedido hace unas horas pero que antes me hubieran parecido impensables. No sé por qué pero permanecí desnudo, pensé que era mejor para acostumbrarme. A pesar de llevar la jaula de castidad me sentía libre, quizás más libre de lo que lo había sido nunca.

 

<< Por ahora lo estás haciendo bien pero te queda mucho por mejorar. >> Me había dicho Ama Paula. << Tienes que someterte, saber que estás en nuestras manos, dejar de pensar y obedecer ciegamente. >> Su mano me acariciaba lentamente haciendo que el vello de mis antebrazos se erizara.

Me sentía más sumiso que nunca, transportado a un subespacio en el que no existían ya las preocupaciones más allá de servir a dos personas que lo eran todo para mí. Mi vida había dado un vuelco de 180º y todavía no era consciente de ello.

Decidí levantarme y me quedé mirando la puerta cerrada del que fue mi estudio. La ventana se tenía que haber quedado descorrida pues se adivinaba luz de Luna bajo la puerta. Tomé el pomo e intenté entrar, fallando estrepitosamente. Aquella habitación cerrada, aquella puerta tenía un significado más profundo que el haber perdido la propiedad de un espacio de mi casa. Había cedido un espacio de mi vida a unas desconocidas, me había vuelto realmente en su cautivo cediendo mi esfera privada y permitiendo que ellas entraran en un sitio donde me encontraba seguro ¿Había hecho bien? Ya no había marcha atrás, no había lugar para las dudas. Quería implicarme al máximo ya que una vez que se cierra una puerta a lo desconocido es imposible volver.

Me di una ducha fría a pesar de estar en pleno invierno y me limpié como pude mi pene encerrado. Pero el ardor que sentía estaba en mi interior y apenas se calmó con el frío. Pensé en la vista que había desde el ventanal del estudio. Aquella vista ya no me pertenecía, tendría que ceder poco a poco todos los aspectos de mi privacidad y mi voluntad si deseaba convertirme en esclavo. Era un salto cualitativo de ser un pseudosumiso a pertenecer realmente a alguien. No voy a negar que en aquel momento me dio algo de vértigo todo aquello.

Decidí vestirme y salir a la calle a dar un corto paseo para calmarme, a pesar de que el reloj ya marcaba la una y mañana tenía que ir a trabajar. Cuando ya me había cansado de recorrer las oscuras callejas del centro me fijé en una pequeña cafetería que aún seguía abierta a tan intempestivas horas. Pedí un café solo y dejé que el aroma transportado por el humillo alcanzara mi nariz. Fue en ese momento cuando mi móvil volvió a la vida y me sacó del mundo de mis pensamientos.

  • Mañana quiero que estés a las seis de la tarde en el lugar de la tarjeta. Vas a pasar el fin de semana con nosotras pero no hace falta que traigas nada. Ven en transporte público.
  • Sí, Ama Rebeca. – Acerté a decir extasiado.
  • Por ahora te has comportado bien pero es el momento de que lo des todo. Si pasas esta prueba tendrás muchas más posibilidades de pasar a ser de nuestra propiedad.
  • No las decepcionaré.
  • Así lo espero, gusano.

Y tras pagar me dirigí atropelladamente a casa por las calles vacías. Sólo una idea rondaba mi mente: Tenía que estar bien descansado para lo que me fuera a deparar el día de mañana. 

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