El Sueño V

Por sumiso servus

La pantalla de mi iPad se encendió de pronto. Era la una de la madrugada del jueves. Desbloquee rápidamente el dispositivo y vi que había tenía un mensaje instantáneo de chat:

LadyAlicia: ¡Hola servus! ¿Cómo llevas la castidad?

¿Cómo podía haberse enterado? A pesar de mi turbación decidí contestarle. Necesitaba hablar con alguien.

servus: Saludos Señora. Pues me está costando. Apenas llevo tres días en ella y se me está haciendo la semana muy larga. Se me ha encargado que cada día escriba una especie de diario con mis impresiones. 

Comencé a comentarle a mi estimada tutora y amiga los primeros cambios a los que me enfrentaba. El cinturón de castidad me causaba molestias. No podría decir que me doliera pero cuando tenía erecciones un anillo metálico tiraba inmisericorde de mis testículos y sentía un escozor. Era normal, al pequeño intento de crecimiento de mi pene, éste se encontraba con unas paredes metálicas que se lo impedían. Durante el día podía aguantar si me concentraba en mi trabajo y tareas aunque ya había tenido más de una situación extraña. 

En primer lugar, al salir a la calle, tomar el metro o simplemente en la oficina, comencé a sentir cierta vergüenza y desasosiego. Una sonrisa o una simple mirada de una mujer me hacía pensar que notaban algo extraño en mi entrepierna y que de algún modo conocían mi secreto, cosa que me humillaba. Tener que orinar sentado no era un gran problema para mí, de hecho ya había cogido la costumbre gracias a alguna pareja que había tenido. Pero el roce de la jaula con mis piernas, el goteo preseminal de mi miembro ante escenas cotidianas que antes me habían pasado inadvertidas como mirar fugazmente el canalillo de una mujer, un leve contacto con los pechos de una compañera durante un abrazo o simplemente contemplar las torneadas piernas enfundadas en unas medias y terminadas en zapatos de tacón de una anodina vecina me hacían perder la tranquilidad. Era como si los estímulos sexuales externos hubieran multiplicado su potencia e influencia en mí.

LadyAlicia: No te preocupes. Las primeras semanas se te harán duras pero poco a poco te acostumbrarás. Piensa que es una decisión que han tomado tus dueñas y que ellas son tus superiores y saben qué es lo mejor para ti.

¿Cómo podía negar aquella afirmación? Pero continuando con mis molestias, era por la noche cuando me encontraba más incómodo. Daba vueltas en la cama para encontrar una postura confortable en la que dormir, y lo peor era las imágenes que venían a mi mente, no podía dejar de pensar en mis Amas. Se me representaban perfectas, vestidas como en nuestro último encuentro, en negro y rojo, colores que después averiguaría eran sus colores favoritos. Sólo de imaginármelas besándose o tocándose hacía que volvieran mis molestias. Intentaba frotar mi pene con la jaula ya que no podía tocarme. Me volvía loco. 

Y no eran solo mis imaginaciones. Una vez al día como mínimo tenía como encargo enviarles una foto mía al grupo de WhatsApp en una postura determinada, siempre desnudo y mostrando mi cinturón de castidad. Aquello iba más allá de una mera comprobación, me pedían ponerme a cuatro patas, tumbarme boca arriba en la cama o ir corriendo al primer servicio que encontrara para mostrarles mi pene encerrado. Pero además de sus comentarios humillantes también recibía otro premio que era al mismo tiempo un castigo: una foto de las piernas de Ama Paula, infinitas y excitantes, una foto de las dos en actitud cariñosa o alguna que otra foto insinuante. 

Pensaba en sus labios carnosos, pintados por el carmín. Pensaba en sus lenguas húmedas y calientes, frotándose una con la otra, acariciándose, produciendo un excitante sonido de chupeteo y sorbo que era una delicia. Pensaba en sus dominantes miradas sobre mí, atentas y exigentes. Ya llevaba varios días con una ojeras de caballo.

LadyAlicia: Bueno y aparte de la castidad ¿Has comenzado a servirlas?

servus: El lunes tuve mi primera tarea, señora. Hice de chofer para Ama Rebeca.

Aunque estuve muy nervioso, creo que lo hice bien. La noche del lunes caía una lluvia fría y fue el momento de entrar en acción. Tras ser informado por Ama Rebeca, me presenté a la hora acordada en la dirección que me indicó en una calle pequeña de un barrio céntrico de la ciudad. Llevé mi coche impoluto, brillante. Vestí traje, tal y como me indicó y di mi mejor imagen. A los pocos minutos de llegar se abrió el portal y apareció mi señora con una sonrisa en los labios.

Vestía ropa cómoda y del día a día: pantalones vaqueros desgastados, bailarinas negras, un jersey negro de cuello vuelto y, como abrigo, un impermeable del mismo color. Me llamaron la atención sus bellas uñas, perfectas, también de color negro. 

  • Muy bien, gusano, muy bien. – me dijo llenándome de orgullo – Ahora quiero que me lleves a esta dirección.

Me pasó una tarjeta con el nombre de una calle y un número, y tras ponerlo en el GPS nos dirigimos allí lentamente por la congestionada ciudad. Las luces de los comercios se reflejaban en los grandes charcos que dejaba la lluvia, iluminando una noche oscura como un pozo.

  • ¿Has empezado a escribir en tu diario? Es muy importante.
  • Sí, señora. – dije atreviéndome a mirarla a través del espejo retrovisor. Me deleité al ver que nuestras miradas se encontraron por un instante. La suya era muy penetrante.

Durante el viaje no pude evitar lanzar miradas furtivas y me la encontré en varias ocasiones consultando su móvil, acariciándose la nuca o enrollando su pelo negro en unos pequeños bucles que se deshacían al instante. En aquel momento sentí su delicadeza y fragilidad debajo de toda aquella patina de autoridad y seguridad en si misma. 

Sus labios carnosos y delicados se despegaban a veces para construir una sonrisa de blancos dientes, sus ojos se expandían y contraían mostrando a veces un brillo especial, y esta alegría hacía que se le formaran unas deliciosas arrugas en el rabillo del ojo. Sus negras pestañas infinitas hacían de techo a toda aquella grandiosidad.

Yo soy por naturaleza un poco tímido pero embriagado por la situación me atreví a preguntar.

  • ¿Está todo a su gusto, señora?
  • Sí, todo correcto. Te estás portando bien. – dijo sonriendo – Pero no te creas que todas tus tareas van a ser tan fáciles como llevarnos de un sitio a otro. Tienes que esforzarte.

Aunque tardamos una media hora en llegar a nuestro destino, a mí se me había pasado volando. Paramos frente a una casa unifamiliar de una zona residencial. Era de estilo inglés, de paredes de ladrillo rojo y con un tejado a dos aguas muy pronunciado. En ese momento bajé del coche y le abrí la puerta desde fuera. Entonces cometí un fallo mirándola a la cara por unos segundos pero me corregí rápidamente y aparte mi mirada mirando al suelo.

  • Gracias, gusanito. – dijo sonriendo mientras se acercaba a la puerta de entrada – Conserva la tarjeta de esta dirección puede que otro día tengas que acudir a mi llamada. Ya te puedes ir.
  • No hay por qué darlas, señora. Es un placer. – ¿Empezaba a disfrutar sirviendo a mis Damas?

servus: Ayer y hoy he tenido que hacer algo diferente. No es exactamente una tarea.

LadyAlicia: ¿A qué te refieres?

Desde nuestro chat de WhatsApp había recibido un orden de parte de Ama Paula, acudir a una dirección muy concreta de la ciudad. No me atreví a pedir más explicaciones para no meter la pata. No quería parecer ansioso ni irrespetuoso, ella era más estricta que Ama Rebeca y tenía que tener cuidado para que me aceptara.

A las ocho de la tarde llegué andando hasta el lugar. Se trataba de una clínica de estética de barrio con instalaciones nuevas. Tenía buen aspecto. En un primer momento no entendía nada pero con decisión entré por la puerta haciendo sonar la campanilla. Ni en el mostrador ni en la sala de espera había nadie pero pronto apareció una mujer de unos cincuenta años en bata rosa que me miró con una sonrisa y me invitó a pasar a la trastienda. Tras entrar en una sala con una serie de armarios, una camilla y una mesita me pidió que me desnudara.

  • Pero… – dije sorprendido
  • Vamos, que no tenemos todo el día. Tranquilo, lo sé todo. Tus dueñas quieren que te depile completamente. Tenemos trabajo para rato.

La mujer encendió un aparato que parecía albergar cera mientras que se quedó mirándome brazos en jarro. Con mucha vergüenza comencé a desvestirme. Estaba seguro que si desobedecía a esta señora mis dueñas serían informadas así que hice todo lo que me ordenaba. Tras quitarme toda la ropa, no pude evitar taparme mis genitales, ahora acompañados por el cinturón de castidad. La mujer, de carácter dominante, no dudó en darme un manotazo y comenzar a examinar el cinturón de castidad dando pequeñas palmadas a mis genitales.

  • ¡Qué cosita! – dijo señalando el pequeño tamaño de mi miembro intentando infructuosamente entrar en erección – ¿Te duele? – Realmente parecía tener curiosidad por el aparato.
  • No – dije aguantando vergüenza y molestias.
  • Túmbate en la camilla. Vamos a empezar con las piernas.

Al colocar la cera caliente no era consciente de lo que venía justo después.

– Bueno pues esto si que te va a doler un poco. – dijo pícaramente dando un gran tirón en el trozo de cera y llevándose un buen matojo de mi vello corporal. Vi de reojo como daba un leve suspiro de placer ¿Estaba excitándose con mis muecas de dolor?

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