El Sueño IV

Por sumiso servus

  • ¿Qué pasa? ¿Te ha comido la lengua el gato? – dijo maliciosa Ama Paula.

A pesar de no haber ninguna fiesta gótica a la vista el bar parecía tener el mismo ambiente misterioso del otro día, oscuro como la boca de un lobo y tenuemente iluminado por unas escasas bombillas de color rojo. Y allí me encontraba yo, recién llegado a la barra del bar y sin saber donde me estaba metiendo…o tal vez sí, pero eso era en dicho momento irrelevante. Lo importante es que había tomado mi decisión. Pensé que cuanto menos hablara mejor me iría, no quería meter la pata a las primeras de cambio.

  • ¿Estamos esperando a Ama Rebeca? – dije dubitativo mientras ella me miraba con atención.

Ama Paula sorbió un poco de la pajita de un extraño coctel de color rojo. Hoy vestía de una forma muy diferente a las otras veces, incluso sexy podría decir. Llevaba un vestido rojo de un material parecido al vinilo y que le quedaba ajustado como un guante. La belleza y dominio de esta veinteañera me ponían nervioso y me excitaban a la vez. 

  • Mmm, ella aún tardará en llegar. Pero será mejor que me acompañes al reservado.

La verdad es que desconocía que aquel bar tuviera reservado y me tuve que fiar de ella. Siguiéndola quedé hipnotizado por el contoneo de caderas y trasero que parecía tan natural en ella. En aquel momento no lo pensé pero ahora me parece que todo estuvo calculado al milímetro para obtener un resultado muy concreto.

En escasos instantes nos encontramos en una pequeña sala con una mesa alta y dos sofás de cuero de imitación a cada lado. Ella se sentó a la izquierda, dejando su bolso a juego a su lado y yo me senté justo enfrente. Estábamos muy cerca y noté pronto como su poderosa mirada me empequeñecía y me hacía bajar los ojos.

  • Antes de que venga Elena quería hablar yo contigo. Quiero saber si realmente lo has entendido todo. Supongo que te habrás dado cuenta de que Rebeca y yo tenemos una relación ¿no?
  • Lo entiendo, señora.
  • Muy bien. Entonces debes entender lo que buscamos: servidumbre, domar a un machito a nuestros gustos…no estamos aquí para cumplir tus fantasías sexuales…quiero que ese punto quede completamente claro. Respecto a lo del otro día…una cosa no quita la otra. Puede que más de una vez te utilicemos para nuestro placer pero lo que serás tú tendrás que vivir en castidad.
  • ¿Castidad?

Ama Paula sonrió cruelmente

  • ¿Realmente creías que ibas a estar todo el día por nuestra casa enseñando esa birria empalmada que llevas entre las piernas? ¿Has estado alguna vez en castidad?
  • La verdad es que no. – dije humildemente
  • Bueno, pues ya es hora de que vayas empezando. – dijo cogiendo el bolso y sacando un cinturón de castidad metálico. – Creo que para empezar este te irá bien.

Se trataba de un modelo sencillo pero personalizado con un aro que se abría y cerraba, llave de combinación de cinco dígitos y una jaula con unas aberturas como tornillos que en ese momento no me supe explicar. Me quedé embobado mirándolo y no supe qué decir.

  • Si has venido significa que sigues con el proceso así que bájate los pantalones inmediatamente y que no tenga que repetirlo…

Con un poco de vergüenza no hice otra cosa que levantarme, desabrocharme el cinturón y los botones del pantalón y quedarme en bóxers delante de ella. Con un movimiento que expresaba impaciencia bajó mi ropa interior y sonrió al ver una erección en ciernes…

  • Ya veo que no lo estás pasando del todo mal…pero no te preocupes, eso tiene arreglo… – dijo volviendo a sonreír.

Rebuscó unos instantes en su bolso y sacó un pequeño spray con el que roció mi miembro rápidamente y sin darme tiempo a reaccionar. A los pocos segundos comencé a dejar de notar mi pene y vi sorprendido como iba relajándose hasta quedarse en su mínima expresión, apenas unos centímetros.

  • Esto es otra cosa  – dijo poniéndose a colocarme la jaula de castidad – ¡Manos atrás!

Yo cumplí religiosamente la orden y en un santiamén Ama Paula me había encerrado por primera vez en mi existencia. Sólo después tomaría conciencia de que había perdido el control de mis orgasmos y de que esto propiciaba que hora tras hora, día tras día, me volviera más sumiso.

  • Venga, a vestirse. Siéntate.

Tras sentarme comenzó la verdadera charla.

  • Durante tu periodo de entrenamiento permanecerás en castidad todo el tiempo que nosotras digamos. Cada falta, cada metedura de pata no sólo acarreara un castigo físico sino un aumento de tu periodo de castidad. Te aseguro que dentro de poco preferirás recibir cinco latigazos a permanecer una semana más en castidad ¿Has entendido?
  • Sí, señora.
  • Obedécenos siempre – dijo duramente mientras volvía a mirarme a los ojos y se recostaba más relajada – No te voy a mentir, yo al principio me oponía a tu adiestramiento, espero que no sea un mero capricho de Rebeca.

Ama Paula pareció darse cuenta de mi confusión y decidió cambiar de tema.

  • Yendo al grano…creo que ya es hora de que sepas en que va a consistir tu entrenamiento. Durante las siguientes cuatro semanas contactaremos por WhatsApp y telefónicamente. Deberás estar disponible en todo momento y obedecer sin rechistar. Tómatelo como un periodo de prueba. Alguna vez tendrás que venir a nuestra casa a servirnos, quizás quedarte un fin de semana. Otras veces seremos nosotras las que te hagamos una visita.
  • Entiendo, señora. Haré como ustedes digan.
  • Más te vale… – dijo duramente – Mira, Rebeca no es muy amante de los castigos corporales pero a mi no hay nada que me repugne más que un macho insolente y espero que tú no seas de ese tipo porque si no vas a sufrir mucho.

Tragué saliva y negué con la cabeza rápidamente.

  • Probaremos tus límites y tu compromiso. Si pasas este periodo de prueba tendrás la suerte de entrar a nuestro servicio.

¿Mis límites? Como ya había pensado anteriormente, todo parecía indicar que conocían mis gustos y preferencias. Me aterraba que desearan llegar más allá pero al mismo tiempo deseaba dejarme llevar.

En ese momento apareció Ama Rebeca, deslumbrante como siempre, con unos sencillos pero sexys pantalones negros de pitillo y una blusa escotada negra a juego. A diferencia de Ama Paula, parecía contenta de verme sentada en aquel sofá.

  • Vaya ¿A quién tenemos aquí? ¿Cómo está mi gusanito?

Aquella muestra espontánea de cariño me dejó un poco turbado y me sentí especial. Ama Rebeca se sentó junto a Ama Paula dándole un beso con lengua. Mi miembro comenzó a sufrir tras liberarse poco a poco del entumecimiento.

  • Vamos, saluda como debes a tus amas. – dijo Ama Rebeca

Sin saber qué hacer, decidí innovar y levantándome tembloroso del sofá me deslicé bajo la mesa y besé los pies de mis dos bellas superiores.

  • No está nada mal, gusano, nada mal. – dijo Ama Rebeca riendo – Pero vuelve arriba que tenemos que seguir hablando ¿Ya le has contado como empezara?
  • Faltan los detalles, cariño. Estábamos hablando de la castidad.- dijo Ama Paula
  • Ah, la castidad masculina – dijo riendo Ama Rebeca

Ama Paula volvió a tomar el mando de la conversación y me indicó que llevaría el cinturón de castidad una semana para empezar. Sólo ellas dos conocerían la combinación que lo abría y únicamente me liberarían el domingo que viene si había cumplido satisfactoriamente todas mis tareas.

  • Y esta será tu primera tarea – dijo Ama Rebeca entregándome un bello cuaderno rojo de tapa dura con una pluma a juego – Deberás escribir un diario de cómo te sientes cada día que sigas en castidad a nuestras órdenes, y nos lo entregarás el domingo por la mañana.
  • Si todo va bien, el mismo domingo te enviaremos unas coordenadas a un grupo de WhatsApp que hemos creado para tu doma. Espero que no te importe que ya te hayamos invitado… – dijo pícara Ama Paula.
  • Gracias, Señora. Me esforzaré. – dije convencido.
  • Tendrás que hacer más que eso. Lo queremos todo de ti.

En ese momento comencé a notar un roce suave de un pie con mi enjaulada entrepierna. Una molestia pareció subir por mi estómago: quería tener una erección y no podía.

  • Vamos Rebeca, no seas mala, ja, ja, ja.
  • Aunque esa cosita se quede encerrada no significa que no vayamos a jugar contigo. Pero no te ilusiones, esperamos de ti que realices las tareas de la casa como limpiar, lavar la ropa o planchar. Por cierto ¿qué tal se te da? – dijo Ama Rebeca sin parar de acariciarme.
  • No sé, señora. Supongo que bien… – dije aguantando las molestias – estoy acostumbrado…
  • En un santiamén te convertiremos en nuestro sirviente doméstico ¿No deseas ser útil para las mujeres?

Asentí mordiéndome los labios mientras ellas respondían con una carcajada. Y así fue como comencé la primera semana de mi nueva vida en manos de mis captoras.

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Capítulo 3

 

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