A los pies de Omphalos

Luc abarcó con la mirada a Matilde; su andar natural, suelto; su bella y virtuosa seguridad. Pero sus ojos volvieron a posarse en ese pecho danzarín que avanza como una carretilla cargada de heno, que cruje y gime, y cuyos bordes ceden, a punto de volcar, pero que no obstante sigue su camino.

Su voluntad se embotó, cayo bajo el embrujo. Matilde estaba sentada. Leyó con sorpresa en los ojos de Luc, que no solamente no tenía nada que hacerse perdonar, sino que era él quien tomaba la iniciativa y volvía, como un culpable arrepentido, a ponerse a sus órdenes.

Lo vio encaminarse a la antecámara y regresar con sus zapatillas en la mano. Se arrodilló ante ella. Sacó cuidadosamente de su estuche sus pies que, e los zapatos, con la arrogancia de su afiladores y crueles tacones, parecían dos muy finos y agudos zuecos de cierva.

Así, Luc se ofrecía por su propia iniciativa, y reconocía los derechos que ella tenía sobre él. Se entregaba a ella. Este homenaje era una caricia moral que la llenaba de gozo y la colmaba más que cualquier caricia física. Una oleada de orgullo la recorrió por entero y la elevó, la levantó más allá de sí misma…

Fragmento de A los pies de Omphalos de Henry Raynal

isma…

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